No tenía más de diez años cuando un día, en los 80, TVN transmitió una producción para la televisión llamada “La hora del vampiro” (1979). Hasta entonces poco y nada sabía de Stephen King o de Tobe Hooper, pero la suma de pesadillas que me desataron desde entonces me dejó un recuerdo imborrable.
Era la segunda novela de King (tras “Carrie”, de Brian de Palma) y probablemente la mejor hasta ahora, en tanto para Hooper era una de sus primera películas después de “El loco de la motosierra” (también llamada “La matanza de Texas”), a la que luego seguirían títulos más consagratorios como “Postergeist” o el remake de “Invasores de Marte”.
Como casi todo en esa época sin televisión por cable (no había más alternativas), el canal 7 se las arregló para emitirla por capítulos cada domingo en la noche, en una cita que se hizo inevitable, casi adictiva, aunque terrible.
En esa época nadie se andaba ocupando de qué podían ver los niños, pensando en los efectos sicológicos. Era la película del domingo en la noche, un asunto casi obligatorio, el tema de conversación de los lunes y uno, evidentemente, no podía quedar a ajeno. Así que había que verla y listo.
Y así fue que entré a un mundo hasta entonces desconocido, a un mundo de sombras y nieblas, de pesadillas y vampiros de aspecto cadavérico que hicieron que nunca más pudiera dormir de la misma manera.
Para el que no la recuerda bien la miniserie (lo dudo) o recién se entera de ella, bueno así va la trama: el novelista Ben Mears (David Soul, Hutch de la serie “Starky & Hutch”) retorna a su pueblo natal, Salem Lot, uno de esos típicos lugares de la llamada América profunda, donde todo parece desarrollarse con gran calma, pero que en fondo ocultan todos los pecados del mundo, un pequeño infierno en la Tierra que está maldito desde el día de su fundación.
Mears, que vivió ahí hasta los once años, regresa con el plan de buscar inspiración para escribir su nueva novela, en particular para indagar sobre una sombría mansión, la casa Marsten, que está situada en lo alto del pueblo, de la cual el escritor tiene fantasmagóricos recuerdos.
Sin embargo, al llegar se entera que la casa tiene nuevos moradores: Richard Straker (James Mason) la ha comprado preparando la llegada al pueblo de su socio, el enigmático señor Barlow (Reggie Nalder), un supuesto anticuario que ha escogido Salem Lot como centro de operaciones.
La llegada de Barlow coincidirá con la desaparición de un niño, dando inicio a una espiral de extraños y terrible sucesos que Hooper sabe manejar muy bien, refundiendo y revitalizando el mito de Drácula en otro contexto, en la que ya no se trata del vampiro elegante y amanerado, sino uno repulsivo y cadavérico, más cerca del Nosferatu de Murnau que de la imagen que transmitió en el cine Bela Lugosi, de la mano de Tod Browning.
A mi, en lo personal, la cinta (que tuvo versión para cines y para televisión) fue motivo de pesadillas, partiendo por ese golpeteo en la ventana, cuando el niño perdido, ya convertido en vampiro, aparece afuera de la habitación de su hermano, levitando y pidiéndole entrar. Obviamente, no para conversar con él, sino para morderlo. Después, el otro niño,ya convertido por su hermano, iría tras el joven Mark Petrie (Lance Kerwin, que en la cinta es un amante del cine de terror), con un atemorizante susurro:
"Abre la ventana Mark, déjame entrar. No tengas miedo, soy tu amigo. Él lo manda".
Yo me volví a reencontrar con ella gracias al DVD (no confundir con el remake de 2004 protagonizado por Rob Lowe), en una edición zona 1 que encontré con subtítulos en castellano. Me gustaría toparme con la que escuché originalmente, con audio latino, para poder revivir esos primeros miedos. En todo caso, puedo confirmar que, casi 27 años después de verla por primera vez, volví a asustarme o, al menos, a recordar esas viejas pesadillas y el motivo que, hasta el día de hoy duerma tapado hasta el cuello, con la ventana bien cerrada y mirando hacia afuera.