jueves, 16 de abril de 2015

Día 5

Para hacer un poco de justicia, mi vecino no es el único raro que vive abajo. Ya hablé de su mujer -a la que esta semana por primera vez le escuchamos la voz y tuvimos de frente-, pero sus hijos tampoco lo hacen nada de mal. Está la niña mayor, de unos 12 años, a la que normalmente mandan a buscar la correspondencia o los mandados a la conserjería. La chica, que viste igual que su madre, como si se tratara de un viejita con ropa muy anticuada y ultra remendada, es la encargada de tratar con la gente... Bueno, eso es una manera de decir, ya que en realidad de trato no tiene mucho. Llega, pide lo que viene a buscar y se va, sin decir hola y menos adiós. Eso lo hace mientras sus padres, casi siempre, espían desde el pasillo, desde una esquina, sin acercarse, como asegurándose que a la niña no le pasé nada, no le pregunten algo comprometedor o, tal vez, para vigilar que ella no haga o cuenta nada diferente a lo planificado o, si es el caso, salga arrancando de las garras de sus padres.

También hay un bebé, al que siempre llevan muy tapado y al que nunca le hemos sentido su llanto; otro niño, de unos 9 ó 10 años, que rehuye del encuentro de otros chicos de su edad. De hecho, cuando mi hijo ha bajado a jugar y anda él por ahí, de inmediato se muestra incómodo y sube, como si escapara de la diversión o del contacto directo con sus pares, como si nosotros o el resto del mundo fuese contagioso.

A todo ese grupo fantástico, se suma una abuela, que nunca he sabido de quién es madre, si de ella o de él. La señora, al igual que el resto, viste igual y siempre anda con lentes de sol, de día y noche. Siempre caminando con la cabeza gacha, evitando el contacto directo, la posibilidad de cruzar miradas o incluso de toparse con alguien. De ella no puedo decir mucho, porque en  realidad jamás he logrado siquiera verle el rostro. tengo apenas una idea de ella, pero creo que no podría reconocerla si aparece algún día vistiendo otra ropa y con otra actitud. Pero a todos en ese departamento los delata su modo de caminar, de conducirse y hacer las cosas: algo medio fantasmagórico, como si los pies no tocaran el piso, avanzando si meter ruido ni el menor suspiro que los delate. Yo digo que parecen ninjas, pero me hijo me retruca que en realidad están todos muertos. Muertos en vida.

miércoles, 15 de abril de 2015

Día 4

Ya no hay nada. No sé a qué hora, pero en el balcón de abajo, ya no hay nada amontonado. No sé como lo hizo, pero el hombre se las arregló para esconder todas las cajas que tenía apiladas y lo hizo sin meter ruido. Obviamente ahora tuvo el cuidado que no tuvo hace dos días. Y lo logró: nadie se enteró. En realidad no tenía ánimo de volver a asomarme, pero las ganas fueron más y lo hice. Traté de hacerlo con el cuidado que no tuve antes, no quería volver a toparme con esos ojos... un día de estos los tengo que dibujar, pero dudo que me queden tan vacíos y quemantes como aquellos. Pero en fin. Ahora me preocupa otra cosa: tengo que averiguar que había en esas cajas, debajo de todos esos paños y diarios viejos, que tanto le molestó que yo viera. Mi vida tiene una nueva misión y creo que debo cumplirla... me siento como cuando tenía 8 ó 10 años y me las daba de detective, en un intento por hacer que las tardes de mi infancia fueran más entretenidas en una época que era ante todo muy aburrida. En realidad jamás descubrí nada importante, pero me parecía divertido imaginar la vida de mis vecinos, de especular que debajo de cada sonrisa gentil, mirada huraña o saludo cínico, se escondía algo más. "esa vieja de seguro esconde algo", pensaba de mi vecina de al lado, una señora mezcla de Doña Florinda y la bruja del 77 que aparecía en "El chavo del ocho", pero en una versión más ultra. Nunca lo comprobé, pero estoy seguro que algo se traía entre manos. Ese pañuelo en la cabeza, siempre imaginé, ocultaba algo más que pelo, una suerte de medusa encubierta, con serpientes enmarañadas listas para morder ante el menor descuido. En todo caso, tengo que confesar, jamás me hizo algo y nunca me dejó de saludar. Pero pucha que me gustaba soñar que detrás de esa imagen aparentemente apacible, se ocultaba alguien realmente horroroso... Pero esta vez quiero ir más allá, porque nadie te mira así a menos que esconda algo. La excusa es simple, el tipo vive en el piso de abajo y por tanto me atañe, si tiene algo peligroso también estoy expuesto. Listo, está decidido.

martes, 14 de abril de 2015

Día 3

Anoche dormí tratando de creer que no me vio, que no se dio cuenta, aunque sé que es evidente que lo hizo. Pero a veces es bueno asegurar lo contrario, es un engaño menor, pero tranquilizador. La idea era dormir bien, aunque no lo logré. Para ser sincero, todavía tengo pegada en mi cabeza esa mirada escrutadora, aunque es más que eso: fueron unos ojos de fuego, de esos que queman, pero huecos, sin vida, sin chispa, pero cargados de una llama no vital, sino que inerte... capaces de quemar con su frialdad. Lo recuerdo y me vuelve el mismo escalofrío de ayer.

Tal vez por eso hoy traté de pasar el día haciendo muchas cosas, poniéndome al día no sólo con mi trabajo, sino también con mi casa: reparando todo aquello que jamás hice antes por falta de tiempo o simple flojera. Destapé un fregadero, arreglé una manilla de una puerta y hasta limpie un trozo de cubre piso sucio. Fue un ataque de limpieza, parecía el tipo de esas publicidades de televisión que lo arreglan todo con el mismo producto, como si el asunto fuera un tónico mágico capaz de quitar el resfrío, combatir el dolor de cabeza y hasta ayudar en el crecimiento.

Pero no bastó o más bien todo se vino abajo cuando sonó el citófono. Era el conserje para informar que el comunicativo vecino de abajo, en realidad su mujer, reclamaba por ruidos molestos generados en mi piso. Lo extraño es que en mi departamento nadie hacía nada extraño, ni siquiera mi hijo jugaba a esa hora. A lo que hay que sumar que las paredes de la construcción son tan gruesas, que rara vez se cuela un sonido ajeno. Pero así fue. Obviamente, mi mujer le explicó al conserje que en casa nadie estaba matracando el suelo, ni bailando y menos saltando. Era evidente que lo de ayer había traído consecuencias y que este invento no era otra cosa que una advertencia del tipo "no te metas conmigo" o algo así. Me acordé de "La ventana indiscreta", esa película de Alfred Hitchcock que alguna vez vi de niño, luego la compré en DVD pero creo que nunca la he puesto, es probable que todavía esté sellada... uno compra cosas para retenerlas, adquirirlas para saber que están al al alcance, como si así pudiera atrapar recuerdos, momentos gratos de la vida, tomando en cuenta que la vida misma cada vez se pone menos grata.  En esa cinta, un vecino fisgón, algo aburrido de pasarla en casa, de tanto mirar por una ventana, observa lo que no debía. Esto era algo parecido. Sólo espero que lo que vi no sea igual ni peor. Además, todavía no sé que vi.

El cuento es que la vecina, no contesta con la respuesta, decidió actuar, subió y se animó a tocar el timbre, una sola pero firme vez. La misma a la que a penas habíamos visto unas cuatro veces y a la que menos le habíamos escuchado la voz, apareció en el dintel de la puerta, con la voz más suave jamás impuesta por alguien.
-Por favor, pueden pedirle a su niño que dejé de saltar, que estoy tratando de hacer dormir a mi hijo pequeño y cada vez que él suyo salta, lo despierta y llora.
-Es que mi hijo no está saltando, está en mi pieza viendo una película sobre la cama-, le explicó mi mujer.
-Claro, es que el al saltar y bailar, despierta al mío
-Parece que no me está escuchando: mi hijo no están saltando ni tampoco bailando.
-Entiendo que también es un niño, sólo pido que deje de hacerlo. Como ustedes sacaron la alfombra que había en su piso y lo cambiaron por piso flotante, eso hace que las pisadas suenen como golpes secos al caminar. Sólo dile que no pise tan fuerte.
-Parece que no me entiendes, te digo que no se ha movido. Además, nosotros jamás hemos cambiado el piso: todavía tenemos los dormitorios totalmente alfombrados...
-Bueno, gracias... hasta luego.

Qué puedo decir de ella. Bueno, no mucho. Yo no la vi, pero por lo que me contó mi mujer, era delgada y al igual que él usaba lentes de sol. En esa familia todos los usan, incluso cuando está nublado, es de noche o están en el interior de algún lugar. Tal vez sufren esa enfermedad que los hace sensibles a la luz, pero ya lo descarté, porque ayer a él lo vi sin lentes, a plena luz de del día y en el exterior, con sus ojos fríos pero encendidos. Obviamente no tiene ningún problema con la luz.

Volviendo a ella: la mujer intentó pararse justo donde el foco del pasillo no la alumbraba del todo, aunque tenía un constante vaivén que daba la sensación que de un momento a otro se nos metía al departamento. Su pelo, era algo cano y vestir, algo viejo y gastado, pero no sucia. Se parecía a esas señoras que en los 80 iban puerta a puerta ofreciendo la palabra de Dios, con el mismo tono pausado pero aprendido por años de hacer lo mismo, y usando el mismo tipo de ropa, esas faldas largas y oscuras, una blusa abotonada hasta arriba y un chaleco muy sencillo encima. Podría pensar que lo suyo es un homenaje a esa época, pero no: su ropa evidencia en su estado que efectivamente lleva 30 años puesta en ella, se nota gastada, remendada y vuelta a a remendar. Tampoco la puedo criticar, a mi me cuesta mucho deshacerme de las prendas que me gustan, sobre todo los zapatos, por que ´se que es muy difícil que encuentre otros parecidos.

Aparte de la ropa, lo único que nos quedó claro es que no venían a reclamar por ningún ruido. Eso fue una advertencia solapada, una manera de decirnos "los vimos y ahora nosotros los vamos a estar vigilando".


lunes, 13 de abril de 2015

Día 2

Me vio, parece que me vio.... no sé si sentir vergüenza o susto. Por la cara que me puso o más bien la mirada, con esos ojos encendidos, que me observó, debería tratarse de lo segundo. Nunca una mirada me había sobrecogido tanto, ni siquiera la primera vez que besé a una chica. Ya ni me acuerdo a qué edad fue, pero justo cuando lo hacía, con los ojos bien cerrados, se me ocurrió, cuando mi boca ya estaba pegada a la de ella, abrir los míos y descubrí que ella también me miraba... los volví a cerrar rápidamente y traté de seguir en lo mío pero era difícil sacarme esa imagen de la cabeza. Es increíble como una mirada te puede perturbar, te puede confundir y decir tantas cosas a la vez sin ni siquiera hablar.

Así fue. Toda la mañana... bueno, quizá es poco exagerado, pero buena parte de ella me la pasé escuchando ruidos provenientes del piso de abajo: mueven cajas, las sueltan bruscamente y chocan contra el piso, y las vuelven a mover. Que yo sepa no está remodelando ni cambiándose de casa, pero así suena. Después de mucho rato y ya aburrido, porque no podía dormir, me levanté y me asomé por mi balcón del dormitorio y miré hacia abajo de manera furtiva. Y ahí estaba él, otra vez, mi vecino, o al menos parte de su calva, moviendo pesados paquetes, cajas destartaladas y un montón de cachivaches. No sé de que tratará todo esto, pero sin duda se ve feo y de a poco huele igual.

No soy experto en bodegas, pero a simple vista creo que llevan varias semanas acumulando un montón de porquerías en el balcón y no me había dado cuenta. Tal vez el tipo sufre del mal de Diógenes, esa suerte de síndrome que afecta a las personas que empiezan a acumular cosas sin medida ni objetivo claro, sólo con el afán de recoger cosas inútiles que en su profunda imaginación parecen útiles. En realidad, es un poco duro, ya que yo también a veces me resisto a botar cosas y más de una vez me he visto tentado por traerme algo a casa que he visto botado afuera de otra casa. Aunque finalmente, la mayoría de las veces, me contengo y lo evito. Bueno, mi vecino claramente no logra evitarlo.

No pude distinguir bien desde aquí que hay dentro, ya que el ángulo para mirar no es el mejor, pero sin duda son un montón de porquerías que sirven para poco y nada. A lo menos tiene casi medio balcón ya repleto y ojo que los balcones acá no son pequeños. Lo que debería ser un lugar tranquilo para ver pasar la tarde sentado tomando algo, ahora parece un botadero de escombros.

Ahí estaba asomado, viendo como él iba y venía trayendo cosas, tirándolas al piso, dejando que las cajas chocaran unas contras otras sin ningún cuidado. Justo una se abrió un poco, quise mirar y ahí fue que me asomé demasiado, estiré el cuello más allá de lo que pude. No sé cómo él lo supo, lo presintió o qué mierda de ruido hice, pero levantó la cabeza y me vio. No sólo me vio, sino clavó sus ojos en mí. Yo, instintivamente, bajé la cabeza y me escondí, pero ya era tarde: yo sabía que me había visto. Fue raro, sentí vergüenza, pero después el pudor se convirtió en miedo

Esos ojos.

domingo, 12 de abril de 2015

Día 1

Hoy me volví a topar con mi vecino del piso de abajo y pasó lo de siempre. Lo saludé y no respondió. Ya no sé para qué insisto; ya que siempre pasa lo mismo: le digo hola o buenas tardes y, como respuesta, escucho nada. Como si hablara al viento o él fuera sordo. Pero eso, ya lo descarté: sé que escucha. Eso lo comprobé hace tiempo, cuando recién llegó a vivir aquí o más bien cuando recién descubrí que llevaba ya un tiempo viviendo en el departamento de abajo.

Estábamos en la recepción cuando a mi hijo, que iba a mi lado, se le cayó una caja que llevaba en sus manos. Fue un sonido seco y duro, nada especial, pero parece que para mi vecino fue el fin del mundo: se pegó un gran sacudón, se echó hacia atrás al tiempo que su semblante se desfiguró horriblemente, se descompuso en tres tiempos, como si estuviera formado de capas, de pequeñas capas postizas y una a una se fueras descascarando. No sé qué pasó por su mente, pero esa era claramente un rostro de horror, de alguien que vive esperando algo terrible y ese algo estaba frente a él: nosotros.

No debería darle mucha importancia, pero cuesta hacerse el tonto con esas cosas, ignorarlas y seguir adelante. Si no fuera porque sé que el tipo está ahí y camina, dudaría si está vivo o a lo menos respira. De alguna manera se las arregla para que no se note su presencia. Una vez, incluso, bajé a la bodega y cuando ya llevaba un buen rato sacando cosas -uno baja a la bodega para sacar una cosa, termina metiendo cuatro y subiendo otras tantas más que no estaban contempladas pero que repentinamente parecen otra vez necesarias-, me di vuelta y ahí estaba, de espaldas a mi esperando el ascensor para subir y quién sabe cuánto rato ya llevaba ahí todo silencioso. Fue como una aparición: estaba quieto, sin emitir sonidos, aunque si uno lo miraba bien, se advertía un pequeño balanceo, mínimo, casi imperceptible. Lo único, finalmente, que lo delataba era su olor, un aroma cercano a lo putrefacto pero todavía soportable, algo parecido al olor de la ropa mojada y sucia, mezclada con algo animal que no logro descifrar.

Subimos jnntos, pero sin mediar palabras o miradas. En el ascensor el aroma se hizo más evidente, pero era evidente que lo trataba de disimular con algún tipo de perfume no muy fino, pero aromático a lo menos. Claro que el contraste hacía más evidente el intento. Por suerte la aventura se acabó en el piso siete, cuando caminó y salió de la jaula de fierro, como siempre, dando la espalda y sin omitir ni un sonido, ni un adiós y ni siquiera un suspiro. Sólo dejó como recuerdo su particular hedor que lo acompañó mientras avanzaba por el pasillo, camino a su puerta. Yo, en tanto, al llegar a mi piso y abrir la puerta del departamento, rápidamente fui delatado por mi mujer.

-Otra vez vienes con ese olor. No me digas nada: te topaste con el vecino.

viernes, 1 de marzo de 2013

Mi vida como zombie (durante siete días)


Han pasado varios años desde mi última entrada. Entremedio se bloqueó mi cuenta, el tiempo se me vino encima, tuve gripe porcina y me perdí. Pero no quiero aburrir, aunque sí contar que lo de la gripe porcina fue lo más cercano a sentirme un muerto viviente, un paria, un ser temible, un leproso de estos tiempos. En suma, un zombie.


Caí justo cuando la gripe arreció más fuerte, cuando las autoridades sanitarias y gubernamentales de varios países -probablemente alimentadas por el imaginario colectivo y financiadas, seguramente, por los laboratorios- convirtieron a esta sepa, A (H1N1), en el peor monstruo moderno, en la mayor amenaza para la humanidad desde la peste negra o el Sida.


Fueron días confusos, con gente temiendo que el otro respirara encima; huyendo de la tos del otro; con gente enmascarada; con personas limpiándose las manos por el simple hecho de tocar a otro. Películas como "Ceguera" (Blindness), de Fernando Meirelles, o  "Contagio" (Contagion), de Steven Soderbergh, se me hicieron muy reales, con sus historias de personas comunes y corrientes enfrentadas a un abrupto apocalipsis generado por una pandemia de niveles universales. Era cosa de tiempo, de seguir generando pánico por los medios, para que se desatara el caos total, para que la gente se desesperara y, como ocurre en "The walking dead" (otro día hablaré de este excelente comic y serie de TV), la gente demostrara lo pero de sí, ese animal desesperado que llevamos dentro y que explota en ocasiones como esta, mostrándonos salvajes, egoístas, en unos verdaderos depredadores listos para arrebatarle al otro lo que no tenemos.


Experimenté en carne propia el rechazo, el miedo a mi sombra, a mi cercanía y hasta a mi simple respiración. Nadie quería acercarse y menos tocarme. Tras ser diagnosticado, me aislaron en una habitación por siete días, sin contacto físico con nadie. Ni mi familia se quería acercar Alimentado a la distancia: me dejaban una bandeja a la entrada de mi pieza, todo con guantes y mucha protección. A la espera, quizá, de mi transformación total, de mi conversión en otro, en aquel distinto, en ese al cual tememos, capaz de convertir al resto en algo similar o hasta peor.


Lo más triste de todo, a parte de decir que tuve gripe porcina -que nombre menos decoroso, al menos se podría llamar gripe moral, pandemia total, zombie peste o qué se yo-, es que tras siete días de reposo, de tomar Tamiflu, de sentirse muy mal -el cuerpo se sentía cansado ya adolorido, no tenía ganas de nada, ni de comer, con escalofríos y fiebre alta los primeros días-, todo pasaba como si nada. Al séptimo día (qué bíblico) te habían levantarte, ventilar la habitación que habías ocupado y, sin ninguna consideración especial, ponerte a trabajar como si nada. Habías sobrevivido y nadie te daba un abrazo o menos una medalla. Fuí un zombie por siete días y nadie, finalmente, le importó. Eso hasta que otra pandemia ataque el mundo y otra vez se desate el  miedo, el caos total.

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jueves, 16 de abril de 2009

Déjame entrar o crónica del primer amor


Tras ver “Crepúsculo”, cuesta creer que el género vampírico tenga futuro. Esa y otras películas han terminado por convertir a los chupasangres en personajes de teleserie, demasiado simples y descerebrados, en seres que no tienen más necesidades que morder cuellos o esconderse del sol (aunque ni esto último es respetado en esa cinta quinceañera). No tengo nada contra el romanticismo en las películas de vampiros, de hecho creo que es parte inherente a ellos, pero poner a flotar sobre los árboles a una pareja y creer que eso es lo más romántico e intenso que jamás se haya visto, es una gran mentira.

El amor, de hecho, siempre ha sido una constante en el género. Los vampiros, en última instancia, son seres torturados, personajes condenados a vagar eternamente solos. Por eso ese deseo de convertir o poseer a otros muchas veces supera el de alimentarse. Ya Bela Lugosi, como el primer Drácula oficial, trataba de apoderarse de la mujer de otro. Los ingleses de la Hammer lo harían más evidente, sumando un componente erótico que en el fondo siempre estuvo.



Pero esta semana volví a ver la luz (o será la oscuridad, mejor dicho) cuando descubrí una pequeña película sueca llamada “Déjame entrar” (así al menos la han traducido en el DVD que me llegó a las manos, ya que en inglés se llama Let the Right One In), de Tomas Alfredson. Su protagonista es un taciturno niño, Oskar (Kåre Hedebrant), un pequeño que es generalmente molestado y golpeado en su colegio (bullying le llaman ahora, en esta manía tan postmodernista de ponerle nombre -o más bien catalogar- a lo que ya lo tenía). Que en sus ratos de ocio prefiere quedarse solo en la gran esplanada-patio del conjunto de edificios donde vive, a pesar de la nieve y el frío. Ahí está en paz, protegido y nadie lo molesta.



Hasta ahí uno podría suponer que está frente a una película perdida de Kieslowski, que se trata quizá del mismo muchacho, pero en su versión más joven, de “No matarás”. Hasta el lugar, con esos edificios típicos de los 50-60, se parecen, pero ambientada en un país como Suecia, con el mito del Estado bienestar como fondo.

Entonces, de la anda, surge una muchacha, Eli (Lina Leandersson) una chica pálida y muy asexuada que no tarda en conectarse con el niño solitario y golpeado. A penas se hablan y miran, pero se entienden. Después nos enteramos que ella es una niña vampiro, que vive junto a un hombre mayor que, no se sabe bien, puede ser su pareja, su cuidador, un abusador o padre postizo (la cinta está inspirada en una novela y en ella se habla de pedofilia). Yo prefiero pensar que en el pasado fue otro niño que envejeció acompañándola a ella, que por su condición se quedó estancada en esa edad y sometida a la necesidad de alimentarse exclusivamente de sangre para sobrevivir.



Como sé que muchos no han visto la película, no quiero adelantar mucho. Pero la cinta habla de maltrato escolar, de frío, soledad y también del despertar erótico, en una mezcla de realismo social, filme íntimo y relato fantástico. Pero sin perder jamás su capacidad de parecer totalmente verosímil y eso, obviamente, asusta y logra eso que sólo pueden los verdaderos filmes de terror (no aquellos que se nutren sólo de asesinos con cuchillos, monstruos y golpes de efecto): que no te deja dormir tranquilo.



Pero no sólo eso, sino que también conmueve. Con mucho menos parafernalia y sin convertir a los vampiros en émulos de X-Men, “Déjame entrar” emociona en buena ley. Acaso hay algo más romántico, intenso, perturbador y hasta sórdido que esos dos niños mirándose, hirviendo de un extraño deseo sin necesidad de efectos especiales, musiquitas o necesidad de trepar árboles. Son dos almas, a su modo, igual de solitarias, dos seres terriblemente reales (salvo porque ella es una vampira).

Esta película, de alguna manera en su simpleza, logra recuperar nuestros instintos, el ser animal que llevamos dentro, en contra de ese mundo ultra tecnologizado e informado que habitamos, donde lo más atrevido es navegar por internet, prender la televisión o incursionar en un mall.



Me acordé de cuando tenía entre 13 y 16 años. Todos los días camino al colegio veía a una niña de mi misma edad, de pelo claro y piel muy pálida. Durante tres años nos vimos casi todos los días en la misma cuadra: yo iba para allá y ella venía para acá (que simple, no). Al comienzo ni nos cotizamos, pero poco a poco nos comenzamos a dar cuenta el uno del otro. De hecho, cuando no me la tapaba hasta la extrañaba. Por eso, al pasar unos días y volver a verla, nos sonreíamos. Pero cosa curiosa, jamás, nunca, nos hablamos y así pasó hasta que llegué a mi último año de colegio y nunca más la vi. Pensé que se había cambiado de casa, de colegio o que simplemente de rumbo. Pero tras ver “Déjame entrar”, prefiero pensar que era una niña vampira y que ahora, casi 20 años después, ella sigue teniendo 16 y yo, en cambio, estoy más viejo y cansado.

Tal vez sigue pasando por la misma calle (yo me cambié de casa) y otro escolar se topa con ella a diario, tal vez uno más despierto o con más personalidad, que quizá un día se atreva a hablarle y robarle un hola. Ese día se convertirá no sólo en su pareja-amigo, sino también en su guardián hasta que envejezca y muera. Entonces ella le sonreirá a otro. Yo, a esa altura, ya estaré muerto o, en el mejor de los casos, seré un converso al vampirismo.

miércoles, 15 de abril de 2009

Último minuto: ¡Los zombies sí existen!


Hoy es un día especial. Después de años de venir escuchando que los zombies son criaturas de celuloide, en Estados Unidos pasó lo impensado: uno, de verdad, atacó a un hombre y casi se lo come. Bueno, en realidad no fue tan así, pero hay que exagerar un poco para que la historia cobre valor y sentido.

El asunto, como reportan en Internet en sitios como http://www.nola.com, fue así: Joseph Lancellotti, un jubilado de 67 años residente de la ciudad de Metairie, un suburbio de Nueva Orleans, en Luisiana, pasó el susto de su vida.

El hombre estaba en la tranquilidad de su casa cuando unos gritos inentendibles (al parecer pronunciados en castellano) llamaron su atención y, genial ideal, se le ocurrió salir al jardín de su casa a ver qué pasaba. Frente a él venía un extraño, Mario Vargas, un tipo de 48 años, totalmente fuera de sí y que apenas lo vio se le tiró encima.



Aunque Lancellotti intentó defenderse con una herramienta de jardín, Vargas logró tumbarlo y, de pasó, se lanzó de lleno sobre su brazo. Y aquí viene lo bueno: no sólo lo atacó, sino que también lo mordió y hasta le arrancó un buen trazo de carne que, ya en su boca, comenzó a masticar con mucha dedicación instalado en un rincón del verde jardín.

Cuando Vargas estaba en plena faena caníbal, apareció por el lugar otro vecino, Chantal Lorio, de profesión podóloga, quien se acercó con la ingenua idea de ayudar a los dos hombres pensando que se trataba de un ataque al corazón o algo similar. Pero grande fue su error al descubrir que su vecino yacía tirado con su brazo triturado por la mordida y a su lado un desconocido con el pedazo faltante en su boca, saboreándolo feliz de la vida. Horror total.



Minutos después, tal vez con el apetito saciado, Vargas se tranquilizó y pudo ser controlado por la policía que llegó tras ser alertada por otros vecinos. Más tarde se supo que el atacante esa misma mañana había sido atendido en el East Jefferson General Hospital a raíz de una herida en el dedo. ¿La mordida que quizá lo infectó? En el lugar, por una política de privacidad, no quisieron explicar porqué llegó a atenderse. Sólo se informó que el hombre fue detenido y llevado al Jefferson Parish Correctional Center con una fianza de 25 dólares. Poco, creo yo, por arrebatarle un pedazo a otra personas.

Bueno, pero más allá del castigo o la investigación, si la hay, me encantaría creer que es cierto y que el día de los zombies, como siempre lo dijo el maestro Romero desde fines de los años 60, al fin llegó y ya están aquí para horror de todos. Sólo basta ver la televisión a diario y sobre todo los llamados realities para comprobar que el canibalismo es alimento de todos los días.



No sé qué creen ustedes, pero yo al menos hoy dormiré con todas las chapas puestas, las cortinas abajo y un bate de béisbol al lado de la cama (en mi casa no hay armas, salvo por jugar Mohaa, creo que no sabría que hacer con una). Creo que hay que comenzar a acaparar alimentos y agua. Mañana compro cientos de pilas, unas buenas linternas, maderos para tapiar la puerta. Vivo en un edificio, así que por ahora no debería preocuparme de las ventanas. Qué emoción.

martes, 7 de octubre de 2008

El ataque de los nazis zombies



Como ya saben, las películas de zombies me matan desde niño: son una adicción imparable que hasta el día de hoy me crispa, me hace desconfiar del tipo que va durmiendo al lado de uno en el metro o en un bus, me obliga a mirar -siempre que entro a un lugar- las posibles rutas de escapes y lugares más seguros en caso de que una plaga se haga caer por la ciudad.

Suena a paranoia, pero qué no es paranoico actualmente. Prefiero eso que andar pensando que me pueden asaltar, atropellar o terminar aplastado por una grúa de un edificio en construcción (ese es otro temor habitual y muy recurrente, el de la muerte anónima y accidental).



Bueno, el asunto es que esta semana me topé con una película que une dos cosas que me siempre me han despertado interés: zombies y nazis. Imaginar todo un destacamento de SS caminando con la mirada pérdida, hambrientos pero imparables, a mi gusto, suena aterrador.

Es una imagen realmente terrorífica que además está bañada de connotaciones sociales y políticas, por la carga que la historia ha otorgado a la imaginería nazi y, ante todo, a su lado más esotérico y ocultista, sobre todo aquello de la creación del superhombre y de los supuestos experimentos e investigaciones que habría mandado a hacer Hitler a través del mundo, en su búsqueda de artefactos y antecedentes que ampararan su idea del nuevo hombre y sociedad (si no pregúntenle a Miguel Serrano).



La cinta es cuestión se llama "Outpost" (2008), un filme menor, de bajo presupuesto, dirigido por Steve Barker y estrenado directo en DVD. La trama presenta a un hombre que recluta a un grupo de ex militares, casi mercenarios, en Europa del Este, para ir busca de un extraño artefacto. Así llegan hasta un bunker de la Segunda Guerra Mundial, abandonado y detenido en el tiempo.

En su interior hay banderas nazis, cascos, equipos de radio y hasta platos, que parecen recién abandonados. En una habitación se topan con un montón de cuerpos desnudos, pálidos y desnutridos, casi como la peor imagen de un campo de exterminio. Entre todo el lote humano (si que es hay humanidad en toda esa podredumbre), descubren a un hombre vivo o al menos que respira, con la mirada perdida y sin reflejos.



Ese es el punto de partida de una trama que con los minutos se va tornando cada vez más oscura, que bajo tierra tiene sus mejores momentos, aunque al mismo tiempo se debilita por los constantes tiempos muertos y por convertir a los zombies en seres fantasmagóricos, como si eso fuera necesario para aumentar la tensión o el terror.

Pero para ser sinceros, "Outpost" no es la primera ni la última cinta en reunir zombies y nazis. De 1977 data la película "Shock waves", un filme dirigido por Ken Wiederhorn que pone en pantalla a una unidad de nazis zombies de elite que, tras despertar de un largo sueño en las profundidades del mar, comienzan a atacar a unos turistas que han osado veranear cerca de ellos.



Pero ver nazis saliendo del agua con sus uniformes perfectos y una grandes gafas tipo motoristas, no es la única gracia. En la isla está Peter Cushing, un ex oficial SS que tiene mucho que decir sobre este misterio, y sobre el agua, en un barco junto a los turistas, un viejo John Carradine.



Lo mejor, en todo caso, está al comienzo, con una leyenda que contextualiza la trama como si se tratara de un registro histórico:

"Poco antes de la Segunda Guerra Mundial el alto mando alemán comenzó una investigación secreta sobre los poderes sobrenaturales. Antiguas leyendas hablan de una raza de guerreros que no utilizaban armas ni escudos y cuyo poder sobrenatural provenía de la misma tierra. Mientras Alemania se preparaba para la guerra, las SS ataron secretamente a un grupo de científicos para crear un soldado invencible. Se sabe que los cuerpos de los soldados muertos en batalla se enviaban a un laboratorio secreto cerca de Koblein donde los utilizaban en una amplia variedad de experimentos científicos. Se rumoreaba que hacia finales de la guerra las fuerzas aliadas encontraron escuadrones alemanes que luchaban sin armas, matando simplemente con sus manos. Nadie sabe quiénes eran ni qué fue de ellos, pero una cosa es cierta, de todas las unidades de las SS sólo hubo una en la que ninguno de sus miembros fue capturado por los Aliados..."

Bueno, "Shock waves" pone en pantalla los mejores sueños de Miguel Serrano, la confirmación de que el súperhombre es posible, que Hitler dio con la clave mucho antes que Craneo Rojo o Hellboy empezaran a hacer de las suyas.



PD: Si alguien quiere ir más allá, puede buscar información de "El lago de los muertos vivientes" (1981), de Jean Rollin, en un registro muy similar a "Shock waves" pero en clave erótica, y "Dead snow", una cinta noruega de estreno para el 2009, que ubica a unos turistas que viajan hasta las montañas para esquiar, pero se terminan topando con unos zombies nazis. Esta última, al menos por producción, promete.

lunes, 25 de agosto de 2008

Uno, dos, ya viene por ti


Uno de los grandes temores a la hora de dormir, es no despertar jamás, de morir en pleno sueño y no precisamente de la manera más plácida. Yo, desde pequeño, tuve ese temor, de ser devorado por el cansancio, por la noche y sus infinitos espectros.

Ya dije que “Salem’s Lot” es uno de los culpables de mis noches de insomnio, pero hubo otros seres que ayudaron a que las noches fueran más largas de lo habitual o, al menos, algo más amenazantes.


Uno de esos es Freddy Krueger, el demonio del sueño por excelencia, un ser maldito y malvado que habita en nuestros sueños, convirtiéndolos en terribles pesadillas (una versión cartonesca del monstruo bajo la cama, del monstruo del armario y todos sus clones).

Dirán que siempre fue algo burdo y demasiado irónico para parecer real, pero esa musiquita infantil que lo acompañaba hasta el día de hoy me asusta de verdad.

Uno, dos, Ya viene por ti
Tres, cuatro, cierra bien la puerta
Cinco, seis, toma el crucifijo
Siete, ocho, no duermas aún
Nueve, diez, nunca dormirás

Uno, dos, canta a viva voz
Tres, cuatro, el hombre del saco
cinco, seis, decid lo que veis
Siete, ocho, cómete un bizcocho
Nueve, diez, ¿dónde está Fred?

Uno, dos, Freddy viene por todos
Tres, cuatro ponle llave a tu cuarto
Cinco, seis, un crucifico llevareis
Siete, ocho, a desvelarse un poco
Nueve, diez, nunca dormirás otra vez


Si eso no da susto, creo que nada lo da.

Bueno, el asunto que esa cancioncita anticipaba la irrupción de Freddy, con su viejo sombrero, su sweter de rayas negras y rojas y su enorme garra, que ya se la quisiera el Joven Manos de Tijeras en sus días más malos. Un villano, al menos estéticamente, de antología, que supo asustar y a la vez imponer una moda (desde entonces llevó rojo y negro).


La saga, ideada originalmente por Wes Craven (el mismo de “Scream”), fue bastante irregular, con momentos buenos y otros horribles (la mayoría). El comienzo, haciendo charqui a un jovencísimo Johnny Depp (en su primera película para el cine), prometía. Craven luego la dejó en manos de otros perpetradores, hasta que volvió en los 90 a poner orden con una película que proponía, como "Scream", hablar de cine dentro del cine, con todos los actores interpretándose a sí mismos, descubriendo que en realidad este malvado individuo era insuflado de vida cada vez que el realizador (el mismo Craven) comenzaba a escribir un guión (metafísica elevada a su última expresión).



También está esa entrega que incluía unos efectos 3D a la antigua (se trataba de "La muerte de Freddy, que vendría a ser la sexta entrega), cuando los lentes eran de cartón y en vez de cristales, como ahora, venían unos celofanes de colores pero muy rascas (ordinarios, de mala calidad, etc.). Hasta tuvo un encuentro cercano con Jason Vorhees, ese otro villano ochentero heredero de Michael Myers y al que le gustaba asolar a parejas que tenían sexo, jóvenes alcoholizados o drogados (vaya, no me había dado cuenta: no era un sicópata inmortal, sino un paladín de la moralidad).



Bueno, ahora anuncian que la cosa sigue, que Freddy vuelve, aunque ya no será el mismo. Robert Englund, quien encarnó al asesino en ocho entregas para el cine, ya no será de la partida. En su reemplazo se habla de Billy Bob Thornton, un actor de más carácter que aquí descendería a los laberínticos precipicios del cine de terror hecho en sagas (sería como ver el día de mañana a Al Pacino encarnando a Michael Myers, sin sacarse la máscara toda la película).

Lo que sí me da miedo es que detrás del proyecto está Michael Bay, productor que ha perpetrado algunas de los peores éxitos de taquilla del cine (que contradictorio, no?), como “Armaggedon” o “Pearl Harbor” (películas realmente infumables que, por extrañas circunstancias, arrasaron en su paso por cines).

En los últimos años se ha ido acercando al terror, impulsando una serie de remakes de filmes típicamente setenteros y ochentenos: “La masacre de texas” y “Horror en Amytiville”. De hecho, no sólo por estos días está abocado a impulsar el regreso de Krueger. En su carpeta también figuran los remakes de “Los pájaros” y “Martes 13” (“Viernes 13” en otros países).


La cinta, por lo que se ha publicado, sería una suerte de precuela, contando el origen de Freddy. La leyenda dice que Freddy Krueger nació producto de una violación y que, en su infancia, fue abusado y discriminado, transformándose con el tiempo en un peligroso psicótico. Ya adulto, se convirtió en un asesino de niños que luego de ser encarcelado por sus crímenes, fue dejado en libertad por un error. Enterados los padres del vecindario, decidieron hacer justicia por su propia mano y no se les ocurrió nada mejor que quemarlo vivo. Claro que Krueger no murió en silencio, sino que lo hizo profiriendo una demoníaca amenaza: que desde entonces habitaría el terreno de los sueños, donde se mueve como si se tratara del mundo real, de los descendientes de las personas que lo mandaron a la hoguera.

Lo único que me tranquiliza medianamente, es que entre los nombre de directores que se especulan para que se hagan cargo de esta nueva “Pesadilla en Elm Street”, está él de John McNaughton, un director que no posee una gran filmografía (salvo por títulos como “Perro Bravo y Gloria” o “Criaturas salvajes”), pero que por el sólo hecho de haber ideado “Henry, retrato de un asesino” se merece todo mi respeto y ahora, impacientemente, nuevo epicentro de mis próximas pesadillas.

miércoles, 6 de agosto de 2008

La rata humana



Centímetros más bajo escribí que los zombies me han fascinado desde siempre, quizá tanto como las películas sobre insectos invasores, plagas o seres mutantes por culpa de alguna extraña radiación (léase hormigas asesinas, abejas, tarántulas y todo tipo de bichos). Eso de que algo diminuto, aparentemente inofensivo, te ponga en jaque y te pueda aniquilar, es realmente pesadillesco. Por eso encontrar una película que una zombies y ratones, me parece algo totalmente espeluznante.

La cosa se llama "Mulberry Street", una película pequeña, muy menor, que forma parte de una sugerente colección titulada "8 films to die for", que recopila en DVD los mejores títulos de un festival de cine dedicado al horror llamado After Dark Horrorfest.

La historia es así: estamos en Nueva York, en un barrio muy antiguo, donde las ratas hacen nata. Precisamente algo comienza a pasar con ellas, están cambiando, están mutando. Portadoras de un virus que jamás se identifica (las buenas películas sobre zombies jamás entregan antecedentes o dan explicaciones sobre el origen del mal que ataca a los humanos), empiezan a hacer de las suyas, denotando una agresividad desconocida, un no miedo a los humanos que da susto (en realidad no dejaron de respetar hace tiempo, al igual que otras especies y alimañas).



Todo parte en el metro (un espacio subterráneo ideal para dar vida a nuestros miedos, como antes lo hizo Guillermo del Toro en la fallida "Mimic"), en una suma de sucesos que estética y dramáticamente nos conectan con títulos como "28 días". Pero pronto el director Jim Mickle le da personalidad propia, centrando su atención en un derruido edificio habitado por una serie de seres marginales dentro de una urbe aparentemente moderna: ancianos, gays, desempleados, parejas disfuncionales.

Se trata de una galería de personajes que están ahí, viven y respiran cerca de grandes edificios y corporaciones, que tienen las mismas necesidades que el resto, pero que en el fondo a nadie le importan. Están más abajo de las ratas en la cadena alimenticia, en realidad son zombies sin saberlo y este virus sólo viene a hacer tangible lo evidente.

Punto aparte, es que todo ocurre bajo un clima que hace sospechar de un nuevo atentado terrorista tipo Torres Gemelas, despertando otra vez los temores de los estadounidenses ante el extranjero, el extraño, el diferente. Pero esta vez el enemigo es interno, viene de las profundidades, de su propia basura y podredumbre humana.



Lo que parte en el centro de la ciudad pronto se comienza a multiplicar, a expandir por todas partes. Pero esta vez los zombies no son simples muertos vivientes, sino que son una extraña cruza entre humanos y ratas ("La rata humana" se viene rápido a la mente, sobre todo por ese enano que incluso vino a Chile y terminó trabajando en un circo). No sé sin dan miedo, pero sin dudad inquieta pensar en un no muerto que escarba la puerta, que puede trepar por un ducto de ventilación o una chimenea. Algo que puede esconderse en cualquier parte o entrar por cualquier agujero.

Hasta hace poco los zombies, como los concibió George Romero, era lentos y torpes. Unos seres que era fácil de superar o tumbar, a menos que nos superaran en número o nos agarraran desprevenidos. El cambio lo produjo "28 días", como esos tipos capaces de correr y cazarnos sin descanso, moviéndose frenéticamente. Algo que poco a poco se ha convertido en norma cinematográfica.



Lo otro que ofrece esta película es algo que ya venía insinuando Romero desde "El día de los muertos": los zombies también sufren. Es decir, que son capaces de conservar algunos recuerdos, emociones y repetir sus viejas rutinas. En esa película del padre de los no muertos, un zombie mascota que había sido militar confirmaba que todavía era capaz de ejecutar algunos ejercicios de su antigua vida: hacer el saludo marcial con la mano, establecer vínculos o hasta empuñar una pistola. En "Tierra de los muertos" incluso reivindican su derecho a vivir a su manera, rememorando tristemente lo que hacían antes de terminar así.

Aquí entregan otra dosis de tierna humanidad, confirmando que todos, los marginados, los replicantes y hasta los zombies, tienen finalmente su corazoncito.

viernes, 11 de julio de 2008

Me lo dijo Chris Carter



Recién había televisión por cable en mi casa, era toda una novedad ver todos los días películas subtituladas sin necesidad de arrendar. Una tarde, un sábado recuerdo, sintonicé Venevisión (entonces un operador llamado Mundo Cable, que luego fue succionado por Metrópolis, que su vez fue succionado por Intercom que, a su vez, fue succionado por VTR, en un caso de vampirismo coorporativo-televisivo, lo tenía en su parrilla programática) y ahí estaba un tipo con cara de simpático, pero triste, en un bosque y a su lado una mujer no necesariamente bella, pero profundamente atractiva llamada Scully.

Entonces no sabía que tenía al frente, pero me enganchó. No sabía que era fenómeno en Estados Unidos ni nada, simplemente la disfruté como se hacía con la televisión antes: capítulo a capítulo, sin el apuro obsesivo de ahora de conseguirse toda la temporada de una sola vez, para ojalá verla en sólo dos días y llegar, al otro día, a la universidad o al trabajo, comentándola, en una carrera idiota que nos ha hecho perder el verdadero disfrute y sentido de la cosas (cuando éramos capacer de mantener el suspenso por siete días y nadie se preocupaba de extras, sonido 5.1, pantalla widescreen, palabras como quemar un cd o bajar un archivo).

Esa emoción de la primera vez se me había olvidado, hasta ayer cuando, el mismo día de Batman, tuvo un encuentro cercano con el mismísimo Chris Carter. Sí, el hombre detrás de X Files, el culpable de muchos desvelos y del hecho de sospechar hasta de mi propia sombra (como Peter Pan).



¿Qué puedo decir de él? Un tipo realmente ajeno a lo que uno podría imaginar (tomando en cuenta la serie que creo), más parecido a un músico de los Beach Boys que un gurú de lo paranormal, hombrecitos verdes y conspiraciones gubernamentales.

No llegó rodeado de una nube de misterio a lo Carlos Pinto (ese sí que es un tipo realmente paranormal con su barba de dos pelos y su humo de utilería barata). Con su look perfectamente bronceado y pelo cano, más parecía dispuesto a ir a un centro de ski que a una convención de fans. De hecho arribó preguntando por las viñas y los mariscos, además de conmocionar a todos diciendo que esta era la segunda vez que visitaba el país: antes, hace cinco años, vino a surfear y nadie, absolutamente nadie, lo reconoció.

Esta vez fue distinto: llegó traído por los fans, con bombos y platillos, con una agenda intensa para hablar con la prensa de todo el continente y contar de qué trata la nueva película que se estrena el 24 de julio. Debajo del brazo trajo un clip de apenas un par de minutos, con imágenes inéditas del filme, un pequeña escena con David Duchovny y Gilliam Anderson en la nieve (la película se rodó en pleno invierno en Canadá y Carter confesó que todavía sentía los pies con hipotermia).



"Mulder, para", dice una frustrada Dana Scully mientras su compañero sigue con lo suyo, detrás de un predicador que le dice que ve cosas en la nieve. "Está bien; entonces, siéntete libre de rendirte como todos los demás", responde él. "Este ya no es mi trabajo", le recuerda ella y le refriega que sigue buscando a Samantha. "Ella ya está muerta", agrega el agente, adelantando una relación tirante

Aunque la idea era saber más de la cinta, fiel a su estilo y la estrategia de la nueva película con Mulder y Scully, Carter no adelantó mucho de "Los expedientes secretos X: Quiero creer". A penas contó que la historia transcurre seis años después, como si el tiempo fuera real, como si los personajes, estos años que estuvieron sin pantalla, hubiesen seguido viviendo en otra dimensión. "Fue como traer de regreso a la vida a un muerto".

¿Por qué tanto misterio con el guión? Porque es un Archivo X, es un expediente o te parece poco. Estando acá en Chile, vi un slogan en televisión que decía menos es más. Creo que mientras menos sepan más entusiasmados van a estar. Parte de la emoción que tenía la serie, era no saber nada", relató Carter.



Su guionista Frank Spotnitz confirmó que la cinta no tiene nada que ver con la mitología de la serie, que está pensada para atrapar a los que jamás se han conectado con ella. Es una película que explora más en la relación de Mulder y Scully, con un tal William como nexo común y con un cargado acento terrorífico, más parecido a las primeras temporadas. "Los queremos sorprender y asustar", contó.

La dupla aclaró que la serie, como tal, se acabó, que ya no habrá más Mulder y Scully en la TV, pero que si la película anda bien el plan es hacer más películas. "No me había dado cuenta cuánto extrañaba a los personajes", confesó Carter, un tipo bastante descreído que no se reconoce amante de la ciencia ficción pero que sí, de niño, seguía "Dimensión desconocida", "Galería nocturna" y "Kolchak, the night stalker".

Le echó muchas flores a "Lost" y contó que le encantaría que los fans lo apoyaran ahora en convencer a Fox para hacer una película a partir de "Millennium", una serie más oscura que "X files" pero que sólo duró tres temporadas y que, me perdonen los fans, en mucho es superior a X Files. Falto más comprensión.

Dark Knight: tiritones y escalofríos




Mi primer nexo con Batman fue cuando tenía como siete años. Estaba en el colegio y justo ese día salía de vacaciones de invierno. Mi hermano, que estudiaba en el mismo lugar, me esperó afuera con un pequeño regalo: un Batimovil, de marca Corgi, de la serie de televisión que protagonizaba Adam West. Casi 30 años después, todavía tengo ese pequeño auto, al que he sumado una gran colección de artículos, merchandising y juguetes relacionados. Pero ante todo muchos recuerdos que se conectan con toda mi vida.

Bueno, ayer viví otro. Al fin vi, en un adelanto exclusivo, "Batman, el caballero de la noche" ("Dark Knight"), y qué puedo decir sin matar el suspenso (spoiler le dicen ahora a algo que era más simple): que es brutal, salvaje, violenta y hasta sádica. Más un policial negro, con atisbos esquizofrénicos, que una película de superhéroes. Una cinta para ver otra vez, un blockbuster monumental, una superproducción que, bajo la capa del comic, cruza géneros y redefine muchas cosas.

Me dirán qué tiene que ver esta película aquí, en un blog que se llama Horas de Espanto. Bueno, este Batman, el que viene perfilando Christopher Nolan desde "Batman inicia", efectivamente asusta, da miedo y estremece (y no sólo porque el coprotagonista está muerto, lo que sin duda pone la piel de gallina).




Ya lo había hecho el director de "Memento" en la primera cinta que dirigió, con un Christian Bale que daba escalofríos sobrevolando Ciudad Gótica mientras reinaba, literalmente, el miedo y lo volvió hacer, pero cruzando nuevos límites que dejan a todas las demás películas inspiradas en comics (salvo el Hulk de Ang Lee) convertidas en un espectáculo de matiné, de hombrecitos con superpoderes enfundados en exóticos y colorinches calzoncillos (como dice Hancock, en lo mejor de esa cinta, "maricón de verde", "maricón de azul").

Este nuevo Batman es de verdad, deja de lado el oscurantismo gótico de Burton y la colorinche parafernalia gay de Schumacher por un realismo crudo. Una vez más Nolan cruza barreras y redefine las posibilidades del cine, demostrando que las películas inspiradas en comic son más que un espectáculo de niños. De hecho, dudaría mucho en llevar a un hijo o sobrino (no me gustaría sentirme culpable de sus pesadillas).

Y lo hace con casi dos horas y media de metraje, con un espectáculo que pinta para agotador pero que no lo es. Eso a pesar que parece terminar unas tres veces, pero el director se las arregla para enganchar al público otra vez y volver a empezar.

"Batman inicia" me gustó, en realidad me encantó. Que me perdone Tim Burton, ya que creo que superó a sus dos encapotados. Pero "Dark Knight" es otra cosa, aunque no sé si superior a la cinta anterior (y ojo que soy un fans confeso del encapotado negro, de esos que se han preocupado de ver absolutamente todos, desde lo primeros seriales hasta esa aventura animada que lo tiene junto a Scooby Doo... que miedo).



La película tiene un comienzo de filme policial, a lo más "Fuego contra fuego", con asalto a banco y pistoleros incluidos. Hasta que aparece Ledger y la piel se pone de gallina: ahí está el jovencito de las calcetineras confirmando que era un grande, capaz, incluso, de eclipsar al mismísimo Jack Nicholson. Su joker no actúa por venganza (como su colega), sino porque realmente ama el caos y la anarquía, disfruta haciendo daño y matando. Es un síntoma de una enfermedad llamada mayor llamada Batman, otro freak que ha decidido llegar a la ciudad.

A partir de ahí todo se empieza a descomponer. La armonía que había supuesto la irrupción de Batman, se triza. Se acaba el espejismo y Ciudad Gótica se descubre tal cual es: una urbe corrompida, un lugar dominado por el miedo y el egoísmo, donde se sobrevive a duras penas, y donde los héroes están a un paso de convertirse en villanos. Si no pregúntenle a Aaron Eckhart, actor que de un plumazo deja en el olvido al Harvey Dent desfigurado de Tommy Lee Jones.

Pero no cuento más, porque hay que verla. Es obligatorio.

domingo, 22 de junio de 2008

Mi primera pesadilla



No tenía más de diez años cuando un día, en los 80, TVN transmitió una producción para la televisión llamada “La hora del vampiro” (1979). Hasta entonces poco y nada sabía de Stephen King o de Tobe Hooper, pero la suma de pesadillas que me desataron desde entonces me dejó un recuerdo imborrable.

Era la segunda novela de King (tras “Carrie”, de Brian de Palma) y probablemente la mejor hasta ahora, en tanto para Hooper era una de sus primera películas después de “El loco de la motosierra” (también llamada “La matanza de Texas”), a la que luego seguirían títulos más consagratorios como “Postergeist” o el remake de “Invasores de Marte”.

Como casi todo en esa época sin televisión por cable (no había más alternativas), el canal 7 se las arregló para emitirla por capítulos cada domingo en la noche, en una cita que se hizo inevitable, casi adictiva, aunque terrible.

En esa época nadie se andaba ocupando de qué podían ver los niños, pensando en los efectos sicológicos. Era la película del domingo en la noche, un asunto casi obligatorio, el tema de conversación de los lunes y uno, evidentemente, no podía quedar a ajeno. Así que había que verla y listo.

Y así fue que entré a un mundo hasta entonces desconocido, a un mundo de sombras y nieblas, de pesadillas y vampiros de aspecto cadavérico que hicieron que nunca más pudiera dormir de la misma manera.


Para el que no la recuerda bien la miniserie (lo dudo) o recién se entera de ella, bueno así va la trama: el novelista Ben Mears (David Soul, Hutch de la serie “Starky & Hutch”) retorna a su pueblo natal, Salem Lot, uno de esos típicos lugares de la llamada América profunda, donde todo parece desarrollarse con gran calma, pero que en fondo ocultan todos los pecados del mundo, un pequeño infierno en la Tierra que está maldito desde el día de su fundación.


Mears, que vivió ahí hasta los once años, regresa con el plan de buscar inspiración para escribir su nueva novela, en particular para indagar sobre una sombría mansión, la casa Marsten, que está situada en lo alto del pueblo, de la cual el escritor tiene fantasmagóricos recuerdos.

Sin embargo, al llegar se entera que la casa tiene nuevos moradores: Richard Straker (James Mason) la ha comprado preparando la llegada al pueblo de su socio, el enigmático señor Barlow (Reggie Nalder), un supuesto anticuario que ha escogido Salem Lot como centro de operaciones.


La llegada de Barlow coincidirá con la desaparición de un niño, dando inicio a una espiral de extraños y terrible sucesos que Hooper sabe manejar muy bien, refundiendo y revitalizando el mito de Drácula en otro contexto, en la que ya no se trata del vampiro elegante y amanerado, sino uno repulsivo y cadavérico, más cerca del Nosferatu de Murnau que de la imagen que transmitió en el cine Bela Lugosi, de la mano de Tod Browning.


A mi, en lo personal, la cinta (que tuvo versión para cines y para televisión) fue motivo de pesadillas, partiendo por ese golpeteo en la ventana, cuando el niño perdido, ya convertido en vampiro, aparece afuera de la habitación de su hermano, levitando y pidiéndole entrar. Obviamente, no para conversar con él, sino para morderlo. Después, el otro niño,ya convertido por su hermano, iría tras el joven Mark Petrie (Lance Kerwin, que en la cinta es un amante del cine de terror), con un atemorizante susurro:

"Abre la ventana Mark, déjame entrar. No tengas miedo, soy tu amigo. Él lo manda".

Yo me volví a reencontrar con ella gracias al DVD (no confundir con el remake de 2004 protagonizado por Rob Lowe), en una edición zona 1 que encontré con subtítulos en castellano. Me gustaría toparme con la que escuché originalmente, con audio latino, para poder revivir esos primeros miedos. En todo caso, puedo confirmar que, casi 27 años después de verla por primera vez, volví a asustarme o, al menos, a recordar esas viejas pesadillas y el motivo que, hasta el día de hoy duerma tapado hasta el cuello, con la ventana bien cerrada y mirando hacia afuera.

viernes, 6 de junio de 2008

Doña Flor y los zombies





No sé que año fue exactamente, pero fue sin duda a comienzos de los 80. Yo todavía estaba en el colegio, estudiando en básica. Mi madre, una cinéfila consumada (aunque de musicales, películas románticas y a todo lo que tuviese olor a Frank Sinatra), me invitó al cine. Estábamos en el Quisco, un balneario en ese entonces familiar que tenía bosques, pequeñas casas y mucha tranquilidad. Algo de lo cual hoy sólo queda el recuerdo.

La oferta era un programa doble: "Doña flor y sus dos maridos", que la vi con incómodo interés, y "El amanecer de los zombies" ("Dawn of the dead", 1978), segunda película de George Romero sobre zombies, luego de la magistral "La noche de los muertos vivos". Hasta entonces, con cerca de diez años, poco y nada sabía de este tipo de películas, de Romero y de zombies. Fue un descubrimiento triple, un encantamiento automático que hasta el día de hoy se mantiene intacto.

Bastó que empezara la cinta, con ese desorden en el estudio de televisión para que comenzara a intuir que algo importante iba a pasar. La precariedad del cine, con unas butacas derruidas (muchas eran simples sillas) y una imagen bastante sucia, no impidió que fuera una noche notable. Esa misma precariedad le agregó un tufillo terrorífico, al que se´sumó que era invierno (vacaciones de invierno en la playa) y que afuera era de noche y había neblina.

La trama va así: la histeria está desatada, los zombies se están apoderando del mundo y los sobrevivientes intentan salvar su pellejo a cualquier costo. En ese ambiente dos trabajadores de una cadena de televisión y dos policías toman un helicóptero, buscando un lugar donde encontrar refugio. Después de algunas horas de vuelo, deciden aterrizar en la azotea de un gigantesco centro comercial, lugar en el que encuentran todo lo que todo ser humano normal necesita para vivir sin sobresaltos (¡qué horror!).



El lugar está infectado de zombies, de no muertos que vagan por el lugar tal vez como el último indicio de humanidad que les queda, repitiendo uno de los actos más cotidianos que hacían: ir a vitrinear.

Armados de algunas pistolas y mucha astucia, el grupo de sobrevivientes logran limpiar el lugar y establecerse ahí a todas sus anchas: con comida, ropa y diversión sin límite. En otras palabras, el sueño americano hecho realidad. Eso hasta que otro grupo de sobrevivientes descubre el pequeño paraíso e interviene, desatando el infierno.

Una mezcla de claustrofobia, miedo y crítica social -tan propio de Romero-, en una película esencial que hace unos años tuvo su respectivo remake, a cargo del director de "300", Zack Snyder, que tampoco estuvo mal (que no me escuche Romero, pero en realidad en varios pasajes supera al original).

Como en casi todas las buenas películas de terror, Romero no pierde el tiempo explicando el origen de la epidemia (el terror que asusta es que el no se explica). Lo de él es directo, muchas veces visceral y cargado de ironía. Para mi, con entonces jóvenes 10 años o 12 años, me impactó, marcando para siempre.



Recuerdo que ese día, al regresar a casa, mi madre y yo debíamos caminar como tres kilómetros, por una costanera entonces oscura y solitaria. Tengo que confesar que han sido los tres kilómetros más terroríficos de mi vida, pero a la vez los más entretenidos. Ese día comenzó mi gusto por los zombies, ya que el placer por la carne comenzó a temprana edad.

Ese cine, donde descubrí a Romero, ya no existe, como tampoco los bosques y tranquilidad de entonces. Pero curiosamente apareció una nueva casta de veraneantes que han transformado a ese balneario en un lugar sucio, inhóspito y peligroso. Sin duda, un nuevo triunfo de los zombies.