Anoche dormí tratando de creer que no me vio, que no se dio cuenta, aunque sé que es evidente que lo hizo. Pero a veces es bueno asegurar lo contrario, es un engaño menor, pero tranquilizador. La idea era dormir bien, aunque no lo logré. Para ser sincero, todavía tengo pegada en mi cabeza esa mirada escrutadora, aunque es más que eso: fueron unos ojos de fuego, de esos que queman, pero huecos, sin vida, sin chispa, pero cargados de una llama no vital, sino que inerte... capaces de quemar con su frialdad. Lo recuerdo y me vuelve el mismo escalofrío de ayer.
Tal vez por eso hoy traté de pasar el día haciendo muchas cosas, poniéndome al día no sólo con mi trabajo, sino también con mi casa: reparando todo aquello que jamás hice antes por falta de tiempo o simple flojera. Destapé un fregadero, arreglé una manilla de una puerta y hasta limpie un trozo de cubre piso sucio. Fue un ataque de limpieza, parecía el tipo de esas publicidades de televisión que lo arreglan todo con el mismo producto, como si el asunto fuera un tónico mágico capaz de quitar el resfrío, combatir el dolor de cabeza y hasta ayudar en el crecimiento.
Pero no bastó o más bien todo se vino abajo cuando sonó el citófono. Era el conserje para informar que el comunicativo vecino de abajo, en realidad su mujer, reclamaba por ruidos molestos generados en mi piso. Lo extraño es que en mi departamento nadie hacía nada extraño, ni siquiera mi hijo jugaba a esa hora. A lo que hay que sumar que las paredes de la construcción son tan gruesas, que rara vez se cuela un sonido ajeno. Pero así fue. Obviamente, mi mujer le explicó al conserje que en casa nadie estaba matracando el suelo, ni bailando y menos saltando. Era evidente que lo de ayer había traído consecuencias y que este invento no era otra cosa que una advertencia del tipo "no te metas conmigo" o algo así. Me acordé de "La ventana indiscreta", esa película de Alfred Hitchcock que alguna vez vi de niño, luego la compré en DVD pero creo que nunca la he puesto, es probable que todavía esté sellada... uno compra cosas para retenerlas, adquirirlas para saber que están al al alcance, como si así pudiera atrapar recuerdos, momentos gratos de la vida, tomando en cuenta que la vida misma cada vez se pone menos grata. En esa cinta, un vecino fisgón, algo aburrido de pasarla en casa, de tanto mirar por una ventana, observa lo que no debía. Esto era algo parecido. Sólo espero que lo que vi no sea igual ni peor. Además, todavía no sé que vi.
El cuento es que la vecina, no contesta con la respuesta, decidió actuar, subió y se animó a tocar el timbre, una sola pero firme vez. La misma a la que a penas habíamos visto unas cuatro veces y a la que menos le habíamos escuchado la voz, apareció en el dintel de la puerta, con la voz más suave jamás impuesta por alguien.
-Por favor, pueden pedirle a su niño que dejé de saltar, que estoy tratando de hacer dormir a mi hijo pequeño y cada vez que él suyo salta, lo despierta y llora.
-Es que mi hijo no está saltando, está en mi pieza viendo una película sobre la cama-, le explicó mi mujer.
-Claro, es que el al saltar y bailar, despierta al mío
-Parece que no me está escuchando: mi hijo no están saltando ni tampoco bailando.
-Entiendo que también es un niño, sólo pido que deje de hacerlo. Como ustedes sacaron la alfombra que había en su piso y lo cambiaron por piso flotante, eso hace que las pisadas suenen como golpes secos al caminar. Sólo dile que no pise tan fuerte.
-Parece que no me entiendes, te digo que no se ha movido. Además, nosotros jamás hemos cambiado el piso: todavía tenemos los dormitorios totalmente alfombrados...
-Bueno, gracias... hasta luego.
Qué puedo decir de ella. Bueno, no mucho. Yo no la vi, pero por lo que me contó mi mujer, era delgada y al igual que él usaba lentes de sol. En esa familia todos los usan, incluso cuando está nublado, es de noche o están en el interior de algún lugar. Tal vez sufren esa enfermedad que los hace sensibles a la luz, pero ya lo descarté, porque ayer a él lo vi sin lentes, a plena luz de del día y en el exterior, con sus ojos fríos pero encendidos. Obviamente no tiene ningún problema con la luz.
Volviendo a ella: la mujer intentó pararse justo donde el foco del pasillo no la alumbraba del todo, aunque tenía un constante vaivén que daba la sensación que de un momento a otro se nos metía al departamento. Su pelo, era algo cano y vestir, algo viejo y gastado, pero no sucia. Se parecía a esas señoras que en los 80 iban puerta a puerta ofreciendo la palabra de Dios, con el mismo tono pausado pero aprendido por años de hacer lo mismo, y usando el mismo tipo de ropa, esas faldas largas y oscuras, una blusa abotonada hasta arriba y un chaleco muy sencillo encima. Podría pensar que lo suyo es un homenaje a esa época, pero no: su ropa evidencia en su estado que efectivamente lleva 30 años puesta en ella, se nota gastada, remendada y vuelta a a remendar. Tampoco la puedo criticar, a mi me cuesta mucho deshacerme de las prendas que me gustan, sobre todo los zapatos, por que ´se que es muy difícil que encuentre otros parecidos.
Aparte de la ropa, lo único que nos quedó claro es que no venían a reclamar por ningún ruido. Eso fue una advertencia solapada, una manera de decirnos "los vimos y ahora nosotros los vamos a estar vigilando".
martes, 14 de abril de 2015
lunes, 13 de abril de 2015
Día 2
Me vio, parece que me vio.... no sé si sentir vergüenza o susto. Por la cara que me puso o más bien la mirada, con esos ojos encendidos, que me observó, debería tratarse de lo segundo. Nunca una mirada me había sobrecogido tanto, ni siquiera la primera vez que besé a una chica. Ya ni me acuerdo a qué edad fue, pero justo cuando lo hacía, con los ojos bien cerrados, se me ocurrió, cuando mi boca ya estaba pegada a la de ella, abrir los míos y descubrí que ella también me miraba... los volví a cerrar rápidamente y traté de seguir en lo mío pero era difícil sacarme esa imagen de la cabeza. Es increíble como una mirada te puede perturbar, te puede confundir y decir tantas cosas a la vez sin ni siquiera hablar.
Así fue. Toda la mañana... bueno, quizá es poco exagerado, pero buena parte de ella me la pasé escuchando ruidos provenientes del piso de abajo: mueven cajas, las sueltan bruscamente y chocan contra el piso, y las vuelven a mover. Que yo sepa no está remodelando ni cambiándose de casa, pero así suena. Después de mucho rato y ya aburrido, porque no podía dormir, me levanté y me asomé por mi balcón del dormitorio y miré hacia abajo de manera furtiva. Y ahí estaba él, otra vez, mi vecino, o al menos parte de su calva, moviendo pesados paquetes, cajas destartaladas y un montón de cachivaches. No sé de que tratará todo esto, pero sin duda se ve feo y de a poco huele igual.
No soy experto en bodegas, pero a simple vista creo que llevan varias semanas acumulando un montón de porquerías en el balcón y no me había dado cuenta. Tal vez el tipo sufre del mal de Diógenes, esa suerte de síndrome que afecta a las personas que empiezan a acumular cosas sin medida ni objetivo claro, sólo con el afán de recoger cosas inútiles que en su profunda imaginación parecen útiles. En realidad, es un poco duro, ya que yo también a veces me resisto a botar cosas y más de una vez me he visto tentado por traerme algo a casa que he visto botado afuera de otra casa. Aunque finalmente, la mayoría de las veces, me contengo y lo evito. Bueno, mi vecino claramente no logra evitarlo.
No pude distinguir bien desde aquí que hay dentro, ya que el ángulo para mirar no es el mejor, pero sin duda son un montón de porquerías que sirven para poco y nada. A lo menos tiene casi medio balcón ya repleto y ojo que los balcones acá no son pequeños. Lo que debería ser un lugar tranquilo para ver pasar la tarde sentado tomando algo, ahora parece un botadero de escombros.
Ahí estaba asomado, viendo como él iba y venía trayendo cosas, tirándolas al piso, dejando que las cajas chocaran unas contras otras sin ningún cuidado. Justo una se abrió un poco, quise mirar y ahí fue que me asomé demasiado, estiré el cuello más allá de lo que pude. No sé cómo él lo supo, lo presintió o qué mierda de ruido hice, pero levantó la cabeza y me vio. No sólo me vio, sino clavó sus ojos en mí. Yo, instintivamente, bajé la cabeza y me escondí, pero ya era tarde: yo sabía que me había visto. Fue raro, sentí vergüenza, pero después el pudor se convirtió en miedo
Esos ojos.
Así fue. Toda la mañana... bueno, quizá es poco exagerado, pero buena parte de ella me la pasé escuchando ruidos provenientes del piso de abajo: mueven cajas, las sueltan bruscamente y chocan contra el piso, y las vuelven a mover. Que yo sepa no está remodelando ni cambiándose de casa, pero así suena. Después de mucho rato y ya aburrido, porque no podía dormir, me levanté y me asomé por mi balcón del dormitorio y miré hacia abajo de manera furtiva. Y ahí estaba él, otra vez, mi vecino, o al menos parte de su calva, moviendo pesados paquetes, cajas destartaladas y un montón de cachivaches. No sé de que tratará todo esto, pero sin duda se ve feo y de a poco huele igual.
No soy experto en bodegas, pero a simple vista creo que llevan varias semanas acumulando un montón de porquerías en el balcón y no me había dado cuenta. Tal vez el tipo sufre del mal de Diógenes, esa suerte de síndrome que afecta a las personas que empiezan a acumular cosas sin medida ni objetivo claro, sólo con el afán de recoger cosas inútiles que en su profunda imaginación parecen útiles. En realidad, es un poco duro, ya que yo también a veces me resisto a botar cosas y más de una vez me he visto tentado por traerme algo a casa que he visto botado afuera de otra casa. Aunque finalmente, la mayoría de las veces, me contengo y lo evito. Bueno, mi vecino claramente no logra evitarlo.
No pude distinguir bien desde aquí que hay dentro, ya que el ángulo para mirar no es el mejor, pero sin duda son un montón de porquerías que sirven para poco y nada. A lo menos tiene casi medio balcón ya repleto y ojo que los balcones acá no son pequeños. Lo que debería ser un lugar tranquilo para ver pasar la tarde sentado tomando algo, ahora parece un botadero de escombros.
Ahí estaba asomado, viendo como él iba y venía trayendo cosas, tirándolas al piso, dejando que las cajas chocaran unas contras otras sin ningún cuidado. Justo una se abrió un poco, quise mirar y ahí fue que me asomé demasiado, estiré el cuello más allá de lo que pude. No sé cómo él lo supo, lo presintió o qué mierda de ruido hice, pero levantó la cabeza y me vio. No sólo me vio, sino clavó sus ojos en mí. Yo, instintivamente, bajé la cabeza y me escondí, pero ya era tarde: yo sabía que me había visto. Fue raro, sentí vergüenza, pero después el pudor se convirtió en miedo
Esos ojos.
domingo, 12 de abril de 2015
Día 1
Hoy me volví a topar con mi vecino del piso de abajo y pasó lo de siempre. Lo saludé y no respondió. Ya no sé para qué insisto; ya que siempre pasa lo mismo: le digo hola o buenas tardes y, como respuesta, escucho nada. Como si hablara al viento o él fuera sordo. Pero eso, ya lo descarté: sé que escucha. Eso lo comprobé hace tiempo, cuando recién llegó a vivir aquí o más bien cuando recién descubrí que llevaba ya un tiempo viviendo en el departamento de abajo.
Estábamos en la recepción cuando a mi hijo, que iba a mi lado, se le cayó una caja que llevaba en sus manos. Fue un sonido seco y duro, nada especial, pero parece que para mi vecino fue el fin del mundo: se pegó un gran sacudón, se echó hacia atrás al tiempo que su semblante se desfiguró horriblemente, se descompuso en tres tiempos, como si estuviera formado de capas, de pequeñas capas postizas y una a una se fueras descascarando. No sé qué pasó por su mente, pero esa era claramente un rostro de horror, de alguien que vive esperando algo terrible y ese algo estaba frente a él: nosotros.
No debería darle mucha importancia, pero cuesta hacerse el tonto con esas cosas, ignorarlas y seguir adelante. Si no fuera porque sé que el tipo está ahí y camina, dudaría si está vivo o a lo menos respira. De alguna manera se las arregla para que no se note su presencia. Una vez, incluso, bajé a la bodega y cuando ya llevaba un buen rato sacando cosas -uno baja a la bodega para sacar una cosa, termina metiendo cuatro y subiendo otras tantas más que no estaban contempladas pero que repentinamente parecen otra vez necesarias-, me di vuelta y ahí estaba, de espaldas a mi esperando el ascensor para subir y quién sabe cuánto rato ya llevaba ahí todo silencioso. Fue como una aparición: estaba quieto, sin emitir sonidos, aunque si uno lo miraba bien, se advertía un pequeño balanceo, mínimo, casi imperceptible. Lo único, finalmente, que lo delataba era su olor, un aroma cercano a lo putrefacto pero todavía soportable, algo parecido al olor de la ropa mojada y sucia, mezclada con algo animal que no logro descifrar.Estábamos en la recepción cuando a mi hijo, que iba a mi lado, se le cayó una caja que llevaba en sus manos. Fue un sonido seco y duro, nada especial, pero parece que para mi vecino fue el fin del mundo: se pegó un gran sacudón, se echó hacia atrás al tiempo que su semblante se desfiguró horriblemente, se descompuso en tres tiempos, como si estuviera formado de capas, de pequeñas capas postizas y una a una se fueras descascarando. No sé qué pasó por su mente, pero esa era claramente un rostro de horror, de alguien que vive esperando algo terrible y ese algo estaba frente a él: nosotros.
Subimos jnntos, pero sin mediar palabras o miradas. En el ascensor el aroma se hizo más evidente, pero era evidente que lo trataba de disimular con algún tipo de perfume no muy fino, pero aromático a lo menos. Claro que el contraste hacía más evidente el intento. Por suerte la aventura se acabó en el piso siete, cuando caminó y salió de la jaula de fierro, como siempre, dando la espalda y sin omitir ni un sonido, ni un adiós y ni siquiera un suspiro. Sólo dejó como recuerdo su particular hedor que lo acompañó mientras avanzaba por el pasillo, camino a su puerta. Yo, en tanto, al llegar a mi piso y abrir la puerta del departamento, rápidamente fui delatado por mi mujer.
-Otra vez vienes con ese olor. No me digas nada: te topaste con el vecino.
viernes, 1 de marzo de 2013
Mi vida como zombie (durante siete días)
Han pasado varios años desde mi última entrada. Entremedio se bloqueó mi cuenta, el tiempo se me vino encima, tuve gripe porcina y me perdí. Pero no quiero aburrir, aunque sí contar que lo de la gripe porcina fue lo más cercano a sentirme un muerto viviente, un paria, un ser temible, un leproso de estos tiempos. En suma, un zombie.
Caí justo cuando la gripe arreció más fuerte, cuando las autoridades sanitarias y gubernamentales de varios países -probablemente alimentadas por el imaginario colectivo y financiadas, seguramente, por los laboratorios- convirtieron a esta sepa, A (H1N1), en el peor monstruo moderno, en la mayor amenaza para la humanidad desde la peste negra o el Sida.
Fueron días confusos, con gente temiendo que el otro respirara encima; huyendo de la tos del otro; con gente enmascarada; con personas limpiándose las manos por el simple hecho de tocar a otro. Películas como "Ceguera" (Blindness), de Fernando Meirelles, o "Contagio" (Contagion), de Steven Soderbergh, se me hicieron muy reales, con sus historias de personas comunes y corrientes enfrentadas a un abrupto apocalipsis generado por una pandemia de niveles universales. Era cosa de tiempo, de seguir generando pánico por los medios, para que se desatara el caos total, para que la gente se desesperara y, como ocurre en "The walking dead" (otro día hablaré de este excelente comic y serie de TV), la gente demostrara lo pero de sí, ese animal desesperado que llevamos dentro y que explota en ocasiones como esta, mostrándonos salvajes, egoístas, en unos verdaderos depredadores listos para arrebatarle al otro lo que no tenemos.
Experimenté en carne propia el rechazo, el miedo a mi sombra, a mi cercanía y hasta a mi simple respiración. Nadie quería acercarse y menos tocarme. Tras ser diagnosticado, me aislaron en una habitación por siete días, sin contacto físico con nadie. Ni mi familia se quería acercar Alimentado a la distancia: me dejaban una bandeja a la entrada de mi pieza, todo con guantes y mucha protección. A la espera, quizá, de mi transformación total, de mi conversión en otro, en aquel distinto, en ese al cual tememos, capaz de convertir al resto en algo similar o hasta peor.
Lo más triste de todo, a parte de decir que tuve gripe porcina -que nombre menos decoroso, al menos se podría llamar gripe moral, pandemia total, zombie peste o qué se yo-, es que tras siete días de reposo, de tomar Tamiflu, de sentirse muy mal -el cuerpo se sentía cansado ya adolorido, no tenía ganas de nada, ni de comer, con escalofríos y fiebre alta los primeros días-, todo pasaba como si nada. Al séptimo día (qué bíblico) te habían levantarte, ventilar la habitación que habías ocupado y, sin ninguna consideración especial, ponerte a trabajar como si nada. Habías sobrevivido y nadie te daba un abrazo o menos una medalla. Fuí un zombie por siete días y nadie, finalmente, le importó. Eso hasta que otra pandemia ataque el mundo y otra vez se desate el miedo, el caos total.
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jueves, 16 de abril de 2009
Déjame entrar o crónica del primer amor

Tras ver “Crepúsculo”, cuesta creer que el género vampírico tenga futuro. Esa y otras películas han terminado por convertir a los chupasangres en personajes de teleserie, demasiado simples y descerebrados, en seres que no tienen más necesidades que morder cuellos o esconderse del sol (aunque ni esto último es respetado en esa cinta quinceañera). No tengo nada contra el romanticismo en las películas de vampiros, de hecho creo que es parte inherente a ellos, pero poner a flotar sobre los árboles a una pareja y creer que eso es lo más romántico e intenso que jamás se haya visto, es una gran mentira.
El amor, de hecho, siempre ha sido una constante en el género. Los vampiros, en última instancia, son seres torturados, personajes condenados a vagar eternamente solos. Por eso ese deseo de convertir o poseer a otros muchas veces supera el de alimentarse. Ya Bela Lugosi, como el primer Drácula oficial, trataba de apoderarse de la mujer de otro. Los ingleses de la Hammer lo harían más evidente, sumando un componente erótico que en el fondo siempre estuvo.

Pero esta semana volví a ver la luz (o será la oscuridad, mejor dicho) cuando descubrí una pequeña película sueca llamada “Déjame entrar” (así al menos la han traducido en el DVD que me llegó a las manos, ya que en inglés se llama Let the Right One In), de Tomas Alfredson. Su protagonista es un taciturno niño, Oskar (Kåre Hedebrant), un pequeño que es generalmente molestado y golpeado en su colegio (bullying le llaman ahora, en esta manía tan postmodernista de ponerle nombre -o más bien catalogar- a lo que ya lo tenía). Que en sus ratos de ocio prefiere quedarse solo en la gran esplanada-patio del conjunto de edificios donde vive, a pesar de la nieve y el frío. Ahí está en paz, protegido y nadie lo molesta.

Hasta ahí uno podría suponer que está frente a una película perdida de Kieslowski, que se trata quizá del mismo muchacho, pero en su versión más joven, de “No matarás”. Hasta el lugar, con esos edificios típicos de los 50-60, se parecen, pero ambientada en un país como Suecia, con el mito del Estado bienestar como fondo.
Entonces, de la anda, surge una muchacha, Eli (Lina Leandersson) una chica pálida y muy asexuada que no tarda en conectarse con el niño solitario y golpeado. A penas se hablan y miran, pero se entienden. Después nos enteramos que ella es una niña vampiro, que vive junto a un hombre mayor que, no se sabe bien, puede ser su pareja, su cuidador, un abusador o padre postizo (la cinta está inspirada en una novela y en ella se habla de pedofilia). Yo prefiero pensar que en el pasado fue otro niño que envejeció acompañándola a ella, que por su condición se quedó estancada en esa edad y sometida a la necesidad de alimentarse exclusivamente de sangre para sobrevivir.

Como sé que muchos no han visto la película, no quiero adelantar mucho. Pero la cinta habla de maltrato escolar, de frío, soledad y también del despertar erótico, en una mezcla de realismo social, filme íntimo y relato fantástico. Pero sin perder jamás su capacidad de parecer totalmente verosímil y eso, obviamente, asusta y logra eso que sólo pueden los verdaderos filmes de terror (no aquellos que se nutren sólo de asesinos con cuchillos, monstruos y golpes de efecto): que no te deja dormir tranquilo.

Pero no sólo eso, sino que también conmueve. Con mucho menos parafernalia y sin convertir a los vampiros en émulos de X-Men, “Déjame entrar” emociona en buena ley. Acaso hay algo más romántico, intenso, perturbador y hasta sórdido que esos dos niños mirándose, hirviendo de un extraño deseo sin necesidad de efectos especiales, musiquitas o necesidad de trepar árboles. Son dos almas, a su modo, igual de solitarias, dos seres terriblemente reales (salvo porque ella es una vampira).
Esta película, de alguna manera en su simpleza, logra recuperar nuestros instintos, el ser animal que llevamos dentro, en contra de ese mundo ultra tecnologizado e informado que habitamos, donde lo más atrevido es navegar por internet, prender la televisión o incursionar en un mall.

Me acordé de cuando tenía entre 13 y 16 años. Todos los días camino al colegio veía a una niña de mi misma edad, de pelo claro y piel muy pálida. Durante tres años nos vimos casi todos los días en la misma cuadra: yo iba para allá y ella venía para acá (que simple, no). Al comienzo ni nos cotizamos, pero poco a poco nos comenzamos a dar cuenta el uno del otro. De hecho, cuando no me la tapaba hasta la extrañaba. Por eso, al pasar unos días y volver a verla, nos sonreíamos. Pero cosa curiosa, jamás, nunca, nos hablamos y así pasó hasta que llegué a mi último año de colegio y nunca más la vi. Pensé que se había cambiado de casa, de colegio o que simplemente de rumbo. Pero tras ver “Déjame entrar”, prefiero pensar que era una niña vampira y que ahora, casi 20 años después, ella sigue teniendo 16 y yo, en cambio, estoy más viejo y cansado.
Tal vez sigue pasando por la misma calle (yo me cambié de casa) y otro escolar se topa con ella a diario, tal vez uno más despierto o con más personalidad, que quizá un día se atreva a hablarle y robarle un hola. Ese día se convertirá no sólo en su pareja-amigo, sino también en su guardián hasta que envejezca y muera. Entonces ella le sonreirá a otro. Yo, a esa altura, ya estaré muerto o, en el mejor de los casos, seré un converso al vampirismo.
miércoles, 15 de abril de 2009
Último minuto: ¡Los zombies sí existen!

Hoy es un día especial. Después de años de venir escuchando que los zombies son criaturas de celuloide, en Estados Unidos pasó lo impensado: uno, de verdad, atacó a un hombre y casi se lo come. Bueno, en realidad no fue tan así, pero hay que exagerar un poco para que la historia cobre valor y sentido.
El asunto, como reportan en Internet en sitios como http://www.nola.com, fue así: Joseph Lancellotti, un jubilado de 67 años residente de la ciudad de Metairie, un suburbio de Nueva Orleans, en Luisiana, pasó el susto de su vida.
El hombre estaba en la tranquilidad de su casa cuando unos gritos inentendibles (al parecer pronunciados en castellano) llamaron su atención y, genial ideal, se le ocurrió salir al jardín de su casa a ver qué pasaba. Frente a él venía un extraño, Mario Vargas, un tipo de 48 años, totalmente fuera de sí y que apenas lo vio se le tiró encima.

Aunque Lancellotti intentó defenderse con una herramienta de jardín, Vargas logró tumbarlo y, de pasó, se lanzó de lleno sobre su brazo. Y aquí viene lo bueno: no sólo lo atacó, sino que también lo mordió y hasta le arrancó un buen trazo de carne que, ya en su boca, comenzó a masticar con mucha dedicación instalado en un rincón del verde jardín.
Cuando Vargas estaba en plena faena caníbal, apareció por el lugar otro vecino, Chantal Lorio, de profesión podóloga, quien se acercó con la ingenua idea de ayudar a los dos hombres pensando que se trataba de un ataque al corazón o algo similar. Pero grande fue su error al descubrir que su vecino yacía tirado con su brazo triturado por la mordida y a su lado un desconocido con el pedazo faltante en su boca, saboreándolo feliz de la vida. Horror total.

Minutos después, tal vez con el apetito saciado, Vargas se tranquilizó y pudo ser controlado por la policía que llegó tras ser alertada por otros vecinos. Más tarde se supo que el atacante esa misma mañana había sido atendido en el East Jefferson General Hospital a raíz de una herida en el dedo. ¿La mordida que quizá lo infectó? En el lugar, por una política de privacidad, no quisieron explicar porqué llegó a atenderse. Sólo se informó que el hombre fue detenido y llevado al Jefferson Parish Correctional Center con una fianza de 25 dólares. Poco, creo yo, por arrebatarle un pedazo a otra personas.
Bueno, pero más allá del castigo o la investigación, si la hay, me encantaría creer que es cierto y que el día de los zombies, como siempre lo dijo el maestro Romero desde fines de los años 60, al fin llegó y ya están aquí para horror de todos. Sólo basta ver la televisión a diario y sobre todo los llamados realities para comprobar que el canibalismo es alimento de todos los días.

No sé qué creen ustedes, pero yo al menos hoy dormiré con todas las chapas puestas, las cortinas abajo y un bate de béisbol al lado de la cama (en mi casa no hay armas, salvo por jugar Mohaa, creo que no sabría que hacer con una). Creo que hay que comenzar a acaparar alimentos y agua. Mañana compro cientos de pilas, unas buenas linternas, maderos para tapiar la puerta. Vivo en un edificio, así que por ahora no debería preocuparme de las ventanas. Qué emoción.
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