jueves 16 de abril de 2009

Déjame entrar o crónica del primer amor


Tras ver “Crepúsculo”, cuesta creer que el género vampírico tenga futuro. Esa y otras películas han terminado por convertir a los chupasangres en personajes de teleserie, demasiado simples y descerebrados, en seres que no tienen más necesidades que morder cuellos o esconderse del sol (aunque ni esto último es respetado en esa cinta quinceañera). No tengo nada contra el romanticismo en las películas de vampiros, de hecho creo que es parte inherente a ellos, pero poner a flotar sobre los árboles a una pareja y creer que eso es lo más romántico e intenso que jamás se haya visto, es una gran mentira.

El amor, de hecho, siempre ha sido una constante en el género. Los vampiros, en última instancia, son seres torturados, personajes condenados a vagar eternamente solos. Por eso ese deseo de convertir o poseer a otros muchas veces supera el de alimentarse. Ya Bela Lugosi, como el primer Drácula oficial, trataba de apoderarse de la mujer de otro. Los ingleses de la Hammer lo harían más evidente, sumando un componente erótico que en el fondo siempre estuvo.



Pero esta semana volví a ver la luz (o será la oscuridad, mejor dicho) cuando descubrí una pequeña película sueca llamada “Déjame entrar” (así al menos la han traducido en el DVD que me llegó a las manos, ya que en inglés se llama Let the Right One In), de Tomas Alfredson. Su protagonista es un taciturno niño, Oskar (Kåre Hedebrant), un pequeño que es generalmente molestado y golpeado en su colegio (bullying le llaman ahora, en esta manía tan postmodernista de ponerle nombre -o más bien catalogar- a lo que ya lo tenía). Que en sus ratos de ocio prefiere quedarse solo en la gran esplanada-patio del conjunto de edificios donde vive, a pesar de la nieve y el frío. Ahí está en paz, protegido y nadie lo molesta.



Hasta ahí uno podría suponer que está frente a una película perdida de Kieslowski, que se trata quizá del mismo muchacho, pero en su versión más joven, de “No matarás”. Hasta el lugar, con esos edificios típicos de los 50-60, se parecen, pero ambientada en un país como Suecia, con el mito del Estado bienestar como fondo.

Entonces, de la anda, surge una muchacha, Eli (Lina Leandersson) una chica pálida y muy asexuada que no tarda en conectarse con el niño solitario y golpeado. A penas se hablan y miran, pero se entienden. Después nos enteramos que ella es una niña vampiro, que vive junto a un hombre mayor que, no se sabe bien, puede ser su pareja, su cuidador, un abusador o padre postizo (la cinta está inspirada en una novela y en ella se habla de pedofilia). Yo prefiero pensar que en el pasado fue otro niño que envejeció acompañándola a ella, que por su condición se quedó estancada en esa edad y sometida a la necesidad de alimentarse exclusivamente de sangre para sobrevivir.



Como sé que muchos no han visto la película, no quiero adelantar mucho. Pero la cinta habla de maltrato escolar, de frío, soledad y también del despertar erótico, en una mezcla de realismo social, filme íntimo y relato fantástico. Pero sin perder jamás su capacidad de parecer totalmente verosímil y eso, obviamente, asusta y logra eso que sólo pueden los verdaderos filmes de terror (no aquellos que se nutren sólo de asesinos con cuchillos, monstruos y golpes de efecto): que no te deja dormir tranquilo.



Pero no sólo eso, sino que también conmueve. Con mucho menos parafernalia y sin convertir a los vampiros en émulos de X-Men, “Déjame entrar” emociona en buena ley. Acaso hay algo más romántico, intenso, perturbador y hasta sórdido que esos dos niños mirándose, hirviendo de un extraño deseo sin necesidad de efectos especiales, musiquitas o necesidad de trepar árboles. Son dos almas, a su modo, igual de solitarias, dos seres terriblemente reales (salvo porque ella es una vampira).

Esta película, de alguna manera en su simpleza, logra recuperar nuestros instintos, el ser animal que llevamos dentro, en contra de ese mundo ultra tecnologizado e informado que habitamos, donde lo más atrevido es navegar por internet, prender la televisión o incursionar en un mall.



Me acordé de cuando tenía entre 13 y 16 años. Todos los días camino al colegio veía a una niña de mi misma edad, de pelo claro y piel muy pálida. Durante tres años nos vimos casi todos los días en la misma cuadra: yo iba para allá y ella venía para acá (que simple, no). Al comienzo ni nos cotizamos, pero poco a poco nos comenzamos a dar cuenta el uno del otro. De hecho, cuando no me la tapaba hasta la extrañaba. Por eso, al pasar unos días y volver a verla, nos sonreíamos. Pero cosa curiosa, jamás, nunca, nos hablamos y así pasó hasta que llegué a mi último año de colegio y nunca más la vi. Pensé que se había cambiado de casa, de colegio o que simplemente de rumbo. Pero tras ver “Déjame entrar”, prefiero pensar que era una niña vampira y que ahora, casi 20 años después, ella sigue teniendo 16 y yo, en cambio, estoy más viejo y cansado.

Tal vez sigue pasando por la misma calle (yo me cambié de casa) y otro escolar se topa con ella a diario, tal vez uno más despierto o con más personalidad, que quizá un día se atreva a hablarle y robarle un hola. Ese día se convertirá no sólo en su pareja-amigo, sino también en su guardián hasta que envejezca y muera. Entonces ella le sonreirá a otro. Yo, a esa altura, ya estaré muerto o, en el mejor de los casos, seré un converso al vampirismo.

miércoles 15 de abril de 2009

Último minuto: ¡Los zombies sí existen!


Hoy es un día especial. Después de años de venir escuchando que los zombies son criaturas de celuloide, en Estados Unidos pasó lo impensado: uno, de verdad, atacó a un hombre y casi se lo come. Bueno, en realidad no fue tan así, pero hay que exagerar un poco para que la historia cobre valor y sentido.

El asunto, como reportan en Internet en sitios como http://www.nola.com, fue así: Joseph Lancellotti, un jubilado de 67 años residente de la ciudad de Metairie, un suburbio de Nueva Orleans, en Luisiana, pasó el susto de su vida.

El hombre estaba en la tranquilidad de su casa cuando unos gritos inentendibles (al parecer pronunciados en castellano) llamaron su atención y, genial ideal, se le ocurrió salir al jardín de su casa a ver qué pasaba. Frente a él venía un extraño, Mario Vargas, un tipo de 48 años, totalmente fuera de sí y que apenas lo vio se le tiró encima.



Aunque Lancellotti intentó defenderse con una herramienta de jardín, Vargas logró tumbarlo y, de pasó, se lanzó de lleno sobre su brazo. Y aquí viene lo bueno: no sólo lo atacó, sino que también lo mordió y hasta le arrancó un buen trazo de carne que, ya en su boca, comenzó a masticar con mucha dedicación instalado en un rincón del verde jardín.

Cuando Vargas estaba en plena faena caníbal, apareció por el lugar otro vecino, Chantal Lorio, de profesión podóloga, quien se acercó con la ingenua idea de ayudar a los dos hombres pensando que se trataba de un ataque al corazón o algo similar. Pero grande fue su error al descubrir que su vecino yacía tirado con su brazo triturado por la mordida y a su lado un desconocido con el pedazo faltante en su boca, saboreándolo feliz de la vida. Horror total.



Minutos después, tal vez con el apetito saciado, Vargas se tranquilizó y pudo ser controlado por la policía que llegó tras ser alertada por otros vecinos. Más tarde se supo que el atacante esa misma mañana había sido atendido en el East Jefferson General Hospital a raíz de una herida en el dedo. ¿La mordida que quizá lo infectó? En el lugar, por una política de privacidad, no quisieron explicar porqué llegó a atenderse. Sólo se informó que el hombre fue detenido y llevado al Jefferson Parish Correctional Center con una fianza de 25 dólares. Poco, creo yo, por arrebatarle un pedazo a otra personas.

Bueno, pero más allá del castigo o la investigación, si la hay, me encantaría creer que es cierto y que el día de los zombies, como siempre lo dijo el maestro Romero desde fines de los años 60, al fin llegó y ya están aquí para horror de todos. Sólo basta ver la televisión a diario y sobre todo los llamados realities para comprobar que el canibalismo es alimento de todos los días.



No sé qué creen ustedes, pero yo al menos hoy dormiré con todas las chapas puestas, las cortinas abajo y un bate de béisbol al lado de la cama (en mi casa no hay armas, salvo por jugar Mohaa, creo que no sabría que hacer con una). Creo que hay que comenzar a acaparar alimentos y agua. Mañana compro cientos de pilas, unas buenas linternas, maderos para tapiar la puerta. Vivo en un edificio, así que por ahora no debería preocuparme de las ventanas. Qué emoción.

martes 7 de octubre de 2008

El ataque de los nazis zombies



Como ya saben, las películas de zombies me matan desde niño: son una adicción imparable que hasta el día de hoy me crispa, me hace desconfiar del tipo que va durmiendo al lado de uno en el metro o en un bus, me obliga a mirar -siempre que entro a un lugar- las posibles rutas de escapes y lugares más seguros en caso de que una plaga se haga caer por la ciudad.

Suena a paranoia, pero qué no es paranoico actualmente. Prefiero eso que andar pensando que me pueden asaltar, atropellar o terminar aplastado por una grúa de un edificio en construcción (ese es otro temor habitual y muy recurrente, el de la muerte anónima y accidental).



Bueno, el asunto es que esta semana me topé con una película que une dos cosas que me siempre me han despertado interés: zombies y nazis. Imaginar todo un destacamento de SS caminando con la mirada pérdida, hambrientos pero imparables, a mi gusto, suena aterrador.

Es una imagen realmente terrorífica que además está bañada de connotaciones sociales y políticas, por la carga que la historia ha otorgado a la imaginería nazi y, ante todo, a su lado más esotérico y ocultista, sobre todo aquello de la creación del superhombre y de los supuestos experimentos e investigaciones que habría mandado a hacer Hitler a través del mundo, en su búsqueda de artefactos y antecedentes que ampararan su idea del nuevo hombre y sociedad (si no pregúntenle a Miguel Serrano).



La cinta es cuestión se llama "Outpost" (2008), un filme menor, de bajo presupuesto, dirigido por Steve Barker y estrenado directo en DVD. La trama presenta a un hombre que recluta a un grupo de ex militares, casi mercenarios, en Europa del Este, para ir busca de un extraño artefacto. Así llegan hasta un bunker de la Segunda Guerra Mundial, abandonado y detenido en el tiempo.

En su interior hay banderas nazis, cascos, equipos de radio y hasta platos, que parecen recién abandonados. En una habitación se topan con un montón de cuerpos desnudos, pálidos y desnutridos, casi como la peor imagen de un campo de exterminio. Entre todo el lote humano (si que es hay humanidad en toda esa podredumbre), descubren a un hombre vivo o al menos que respira, con la mirada perdida y sin reflejos.



Ese es el punto de partida de una trama que con los minutos se va tornando cada vez más oscura, que bajo tierra tiene sus mejores momentos, aunque al mismo tiempo se debilita por los constantes tiempos muertos y por convertir a los zombies en seres fantasmagóricos, como si eso fuera necesario para aumentar la tensión o el terror.

Pero para ser sinceros, "Outpost" no es la primera ni la última cinta en reunir zombies y nazis. De 1977 data la película "Shock waves", un filme dirigido por Ken Wiederhorn que pone en pantalla a una unidad de nazis zombies de elite que, tras despertar de un largo sueño en las profundidades del mar, comienzan a atacar a unos turistas que han osado veranear cerca de ellos.



Pero ver nazis saliendo del agua con sus uniformes perfectos y una grandes gafas tipo motoristas, no es la única gracia. En la isla está Peter Cushing, un ex oficial SS que tiene mucho que decir sobre este misterio, y sobre el agua, en un barco junto a los turistas, un viejo John Carradine.



Lo mejor, en todo caso, está al comienzo, con una leyenda que contextualiza la trama como si se tratara de un registro histórico:

"Poco antes de la Segunda Guerra Mundial el alto mando alemán comenzó una investigación secreta sobre los poderes sobrenaturales. Antiguas leyendas hablan de una raza de guerreros que no utilizaban armas ni escudos y cuyo poder sobrenatural provenía de la misma tierra. Mientras Alemania se preparaba para la guerra, las SS ataron secretamente a un grupo de científicos para crear un soldado invencible. Se sabe que los cuerpos de los soldados muertos en batalla se enviaban a un laboratorio secreto cerca de Koblein donde los utilizaban en una amplia variedad de experimentos científicos. Se rumoreaba que hacia finales de la guerra las fuerzas aliadas encontraron escuadrones alemanes que luchaban sin armas, matando simplemente con sus manos. Nadie sabe quiénes eran ni qué fue de ellos, pero una cosa es cierta, de todas las unidades de las SS sólo hubo una en la que ninguno de sus miembros fue capturado por los Aliados..."

Bueno, "Shock waves" pone en pantalla los mejores sueños de Miguel Serrano, la confirmación de que el súperhombre es posible, que Hitler dio con la clave mucho antes que Craneo Rojo o Hellboy empezaran a hacer de las suyas.



PD: Si alguien quiere ir más allá, puede buscar información de "El lago de los muertos vivientes" (1981), de Jean Rollin, en un registro muy similar a "Shock waves" pero en clave erótica, y "Dead snow", una cinta noruega de estreno para el 2009, que ubica a unos turistas que viajan hasta las montañas para esquiar, pero se terminan topando con unos zombies nazis. Esta última, al menos por producción, promete.

lunes 25 de agosto de 2008

Uno, dos, ya viene por ti


Uno de los grandes temores a la hora de dormir, es no despertar jamás, de morir en pleno sueño y no precisamente de la manera más plácida. Yo, desde pequeño, tuve ese temor, de ser devorado por el cansancio, por la noche y sus infinitos espectros.

Ya dije que “Salem’s Lot” es uno de los culpables de mis noches de insomnio, pero hubo otros seres que ayudaron a que las noches fueran más largas de lo habitual o, al menos, algo más amenazantes.


Uno de esos es Freddy Krueger, el demonio del sueño por excelencia, un ser maldito y malvado que habita en nuestros sueños, convirtiéndolos en terribles pesadillas (una versión cartonesca del monstruo bajo la cama, del monstruo del armario y todos sus clones).

Dirán que siempre fue algo burdo y demasiado irónico para parecer real, pero esa musiquita infantil que lo acompañaba hasta el día de hoy me asusta de verdad.

Uno, dos, Ya viene por ti
Tres, cuatro, cierra bien la puerta
Cinco, seis, toma el crucifijo
Siete, ocho, no duermas aún
Nueve, diez, nunca dormirás

Uno, dos, canta a viva voz
Tres, cuatro, el hombre del saco
cinco, seis, decid lo que veis
Siete, ocho, cómete un bizcocho
Nueve, diez, ¿dónde está Fred?

Uno, dos, Freddy viene por todos
Tres, cuatro ponle llave a tu cuarto
Cinco, seis, un crucifico llevareis
Siete, ocho, a desvelarse un poco
Nueve, diez, nunca dormirás otra vez


Si eso no da susto, creo que nada lo da.

Bueno, el asunto que esa cancioncita anticipaba la irrupción de Freddy, con su viejo sombrero, su sweter de rayas negras y rojas y su enorme garra, que ya se la quisiera el Joven Manos de Tijeras en sus días más malos. Un villano, al menos estéticamente, de antología, que supo asustar y a la vez imponer una moda (desde entonces llevó rojo y negro).


La saga, ideada originalmente por Wes Craven (el mismo de “Scream”), fue bastante irregular, con momentos buenos y otros horribles (la mayoría). El comienzo, haciendo charqui a un jovencísimo Johnny Depp (en su primera película para el cine), prometía. Craven luego la dejó en manos de otros perpetradores, hasta que volvió en los 90 a poner orden con una película que proponía, como "Scream", hablar de cine dentro del cine, con todos los actores interpretándose a sí mismos, descubriendo que en realidad este malvado individuo era insuflado de vida cada vez que el realizador (el mismo Craven) comenzaba a escribir un guión (metafísica elevada a su última expresión).



También está esa entrega que incluía unos efectos 3D a la antigua (se trataba de "La muerte de Freddy, que vendría a ser la sexta entrega), cuando los lentes eran de cartón y en vez de cristales, como ahora, venían unos celofanes de colores pero muy rascas (ordinarios, de mala calidad, etc.). Hasta tuvo un encuentro cercano con Jason Vorhees, ese otro villano ochentero heredero de Michael Myers y al que le gustaba asolar a parejas que tenían sexo, jóvenes alcoholizados o drogados (vaya, no me había dado cuenta: no era un sicópata inmortal, sino un paladín de la moralidad).



Bueno, ahora anuncian que la cosa sigue, que Freddy vuelve, aunque ya no será el mismo. Robert Englund, quien encarnó al asesino en ocho entregas para el cine, ya no será de la partida. En su reemplazo se habla de Billy Bob Thornton, un actor de más carácter que aquí descendería a los laberínticos precipicios del cine de terror hecho en sagas (sería como ver el día de mañana a Al Pacino encarnando a Michael Myers, sin sacarse la máscara toda la película).

Lo que sí me da miedo es que detrás del proyecto está Michael Bay, productor que ha perpetrado algunas de los peores éxitos de taquilla del cine (que contradictorio, no?), como “Armaggedon” o “Pearl Harbor” (películas realmente infumables que, por extrañas circunstancias, arrasaron en su paso por cines).

En los últimos años se ha ido acercando al terror, impulsando una serie de remakes de filmes típicamente setenteros y ochentenos: “La masacre de texas” y “Horror en Amytiville”. De hecho, no sólo por estos días está abocado a impulsar el regreso de Krueger. En su carpeta también figuran los remakes de “Los pájaros” y “Martes 13” (“Viernes 13” en otros países).


La cinta, por lo que se ha publicado, sería una suerte de precuela, contando el origen de Freddy. La leyenda dice que Freddy Krueger nació producto de una violación y que, en su infancia, fue abusado y discriminado, transformándose con el tiempo en un peligroso psicótico. Ya adulto, se convirtió en un asesino de niños que luego de ser encarcelado por sus crímenes, fue dejado en libertad por un error. Enterados los padres del vecindario, decidieron hacer justicia por su propia mano y no se les ocurrió nada mejor que quemarlo vivo. Claro que Krueger no murió en silencio, sino que lo hizo profiriendo una demoníaca amenaza: que desde entonces habitaría el terreno de los sueños, donde se mueve como si se tratara del mundo real, de los descendientes de las personas que lo mandaron a la hoguera.

Lo único que me tranquiliza medianamente, es que entre los nombre de directores que se especulan para que se hagan cargo de esta nueva “Pesadilla en Elm Street”, está él de John McNaughton, un director que no posee una gran filmografía (salvo por títulos como “Perro Bravo y Gloria” o “Criaturas salvajes”), pero que por el sólo hecho de haber ideado “Henry, retrato de un asesino” se merece todo mi respeto y ahora, impacientemente, nuevo epicentro de mis próximas pesadillas.

miércoles 6 de agosto de 2008

La rata humana



Centímetros más bajo escribí que los zombies me han fascinado desde siempre, quizá tanto como las películas sobre insectos invasores, plagas o seres mutantes por culpa de alguna extraña radiación (léase hormigas asesinas, abejas, tarántulas y todo tipo de bichos). Eso de que algo diminuto, aparentemente inofensivo, te ponga en jaque y te pueda aniquilar, es realmente pesadillesco. Por eso encontrar una película que una zombies y ratones, me parece algo totalmente espeluznante.

La cosa se llama "Mulberry Street", una película pequeña, muy menor, que forma parte de una sugerente colección titulada "8 films to die for", que recopila en DVD los mejores títulos de un festival de cine dedicado al horror llamado After Dark Horrorfest.

La historia es así: estamos en Nueva York, en un barrio muy antiguo, donde las ratas hacen nata. Precisamente algo comienza a pasar con ellas, están cambiando, están mutando. Portadoras de un virus que jamás se identifica (las buenas películas sobre zombies jamás entregan antecedentes o dan explicaciones sobre el origen del mal que ataca a los humanos), empiezan a hacer de las suyas, denotando una agresividad desconocida, un no miedo a los humanos que da susto (en realidad no dejaron de respetar hace tiempo, al igual que otras especies y alimañas).



Todo parte en el metro (un espacio subterráneo ideal para dar vida a nuestros miedos, como antes lo hizo Guillermo del Toro en la fallida "Mimic"), en una suma de sucesos que estética y dramáticamente nos conectan con títulos como "28 días". Pero pronto el director Jim Mickle le da personalidad propia, centrando su atención en un derruido edificio habitado por una serie de seres marginales dentro de una urbe aparentemente moderna: ancianos, gays, desempleados, parejas disfuncionales.

Se trata de una galería de personajes que están ahí, viven y respiran cerca de grandes edificios y corporaciones, que tienen las mismas necesidades que el resto, pero que en el fondo a nadie le importan. Están más abajo de las ratas en la cadena alimenticia, en realidad son zombies sin saberlo y este virus sólo viene a hacer tangible lo evidente.

Punto aparte, es que todo ocurre bajo un clima que hace sospechar de un nuevo atentado terrorista tipo Torres Gemelas, despertando otra vez los temores de los estadounidenses ante el extranjero, el extraño, el diferente. Pero esta vez el enemigo es interno, viene de las profundidades, de su propia basura y podredumbre humana.



Lo que parte en el centro de la ciudad pronto se comienza a multiplicar, a expandir por todas partes. Pero esta vez los zombies no son simples muertos vivientes, sino que son una extraña cruza entre humanos y ratas ("La rata humana" se viene rápido a la mente, sobre todo por ese enano que incluso vino a Chile y terminó trabajando en un circo). No sé sin dan miedo, pero sin dudad inquieta pensar en un no muerto que escarba la puerta, que puede trepar por un ducto de ventilación o una chimenea. Algo que puede esconderse en cualquier parte o entrar por cualquier agujero.

Hasta hace poco los zombies, como los concibió George Romero, era lentos y torpes. Unos seres que era fácil de superar o tumbar, a menos que nos superaran en número o nos agarraran desprevenidos. El cambio lo produjo "28 días", como esos tipos capaces de correr y cazarnos sin descanso, moviéndose frenéticamente. Algo que poco a poco se ha convertido en norma cinematográfica.



Lo otro que ofrece esta película es algo que ya venía insinuando Romero desde "El día de los muertos": los zombies también sufren. Es decir, que son capaces de conservar algunos recuerdos, emociones y repetir sus viejas rutinas. En esa película del padre de los no muertos, un zombie mascota que había sido militar confirmaba que todavía era capaz de ejecutar algunos ejercicios de su antigua vida: hacer el saludo marcial con la mano, establecer vínculos o hasta empuñar una pistola. En "Tierra de los muertos" incluso reivindican su derecho a vivir a su manera, rememorando tristemente lo que hacían antes de terminar así.

Aquí entregan otra dosis de tierna humanidad, confirmando que todos, los marginados, los replicantes y hasta los zombies, tienen finalmente su corazoncito.

viernes 11 de julio de 2008

Me lo dijo Chris Carter



Recién había televisión por cable en mi casa, era toda una novedad ver todos los días películas subtituladas sin necesidad de arrendar. Una tarde, un sábado recuerdo, sintonicé Venevisión (entonces un operador llamado Mundo Cable, que luego fue succionado por Metrópolis, que su vez fue succionado por Intercom que, a su vez, fue succionado por VTR, en un caso de vampirismo coorporativo-televisivo, lo tenía en su parrilla programática) y ahí estaba un tipo con cara de simpático, pero triste, en un bosque y a su lado una mujer no necesariamente bella, pero profundamente atractiva llamada Scully.

Entonces no sabía que tenía al frente, pero me enganchó. No sabía que era fenómeno en Estados Unidos ni nada, simplemente la disfruté como se hacía con la televisión antes: capítulo a capítulo, sin el apuro obsesivo de ahora de conseguirse toda la temporada de una sola vez, para ojalá verla en sólo dos días y llegar, al otro día, a la universidad o al trabajo, comentándola, en una carrera idiota que nos ha hecho perder el verdadero disfrute y sentido de la cosas (cuando éramos capacer de mantener el suspenso por siete días y nadie se preocupaba de extras, sonido 5.1, pantalla widescreen, palabras como quemar un cd o bajar un archivo).

Esa emoción de la primera vez se me había olvidado, hasta ayer cuando, el mismo día de Batman, tuvo un encuentro cercano con el mismísimo Chris Carter. Sí, el hombre detrás de X Files, el culpable de muchos desvelos y del hecho de sospechar hasta de mi propia sombra (como Peter Pan).



¿Qué puedo decir de él? Un tipo realmente ajeno a lo que uno podría imaginar (tomando en cuenta la serie que creo), más parecido a un músico de los Beach Boys que un gurú de lo paranormal, hombrecitos verdes y conspiraciones gubernamentales.

No llegó rodeado de una nube de misterio a lo Carlos Pinto (ese sí que es un tipo realmente paranormal con su barba de dos pelos y su humo de utilería barata). Con su look perfectamente bronceado y pelo cano, más parecía dispuesto a ir a un centro de ski que a una convención de fans. De hecho arribó preguntando por las viñas y los mariscos, además de conmocionar a todos diciendo que esta era la segunda vez que visitaba el país: antes, hace cinco años, vino a surfear y nadie, absolutamente nadie, lo reconoció.

Esta vez fue distinto: llegó traído por los fans, con bombos y platillos, con una agenda intensa para hablar con la prensa de todo el continente y contar de qué trata la nueva película que se estrena el 24 de julio. Debajo del brazo trajo un clip de apenas un par de minutos, con imágenes inéditas del filme, un pequeña escena con David Duchovny y Gilliam Anderson en la nieve (la película se rodó en pleno invierno en Canadá y Carter confesó que todavía sentía los pies con hipotermia).



"Mulder, para", dice una frustrada Dana Scully mientras su compañero sigue con lo suyo, detrás de un predicador que le dice que ve cosas en la nieve. "Está bien; entonces, siéntete libre de rendirte como todos los demás", responde él. "Este ya no es mi trabajo", le recuerda ella y le refriega que sigue buscando a Samantha. "Ella ya está muerta", agrega el agente, adelantando una relación tirante

Aunque la idea era saber más de la cinta, fiel a su estilo y la estrategia de la nueva película con Mulder y Scully, Carter no adelantó mucho de "Los expedientes secretos X: Quiero creer". A penas contó que la historia transcurre seis años después, como si el tiempo fuera real, como si los personajes, estos años que estuvieron sin pantalla, hubiesen seguido viviendo en otra dimensión. "Fue como traer de regreso a la vida a un muerto".

¿Por qué tanto misterio con el guión? Porque es un Archivo X, es un expediente o te parece poco. Estando acá en Chile, vi un slogan en televisión que decía menos es más. Creo que mientras menos sepan más entusiasmados van a estar. Parte de la emoción que tenía la serie, era no saber nada", relató Carter.



Su guionista Frank Spotnitz confirmó que la cinta no tiene nada que ver con la mitología de la serie, que está pensada para atrapar a los que jamás se han conectado con ella. Es una película que explora más en la relación de Mulder y Scully, con un tal William como nexo común y con un cargado acento terrorífico, más parecido a las primeras temporadas. "Los queremos sorprender y asustar", contó.

La dupla aclaró que la serie, como tal, se acabó, que ya no habrá más Mulder y Scully en la TV, pero que si la película anda bien el plan es hacer más películas. "No me había dado cuenta cuánto extrañaba a los personajes", confesó Carter, un tipo bastante descreído que no se reconoce amante de la ciencia ficción pero que sí, de niño, seguía "Dimensión desconocida", "Galería nocturna" y "Kolchak, the night stalker".

Le echó muchas flores a "Lost" y contó que le encantaría que los fans lo apoyaran ahora en convencer a Fox para hacer una película a partir de "Millennium", una serie más oscura que "X files" pero que sólo duró tres temporadas y que, me perdonen los fans, en mucho es superior a X Files. Falto más comprensión.

Dark Knight: tiritones y escalofríos




Mi primer nexo con Batman fue cuando tenía como siete años. Estaba en el colegio y justo ese día salía de vacaciones de invierno. Mi hermano, que estudiaba en el mismo lugar, me esperó afuera con un pequeño regalo: un Batimovil, de marca Corgi, de la serie de televisión que protagonizaba Adam West. Casi 30 años después, todavía tengo ese pequeño auto, al que he sumado una gran colección de artículos, merchandising y juguetes relacionados. Pero ante todo muchos recuerdos que se conectan con toda mi vida.

Bueno, ayer viví otro. Al fin vi, en un adelanto exclusivo, "Batman, el caballero de la noche" ("Dark Knight"), y qué puedo decir sin matar el suspenso (spoiler le dicen ahora a algo que era más simple): que es brutal, salvaje, violenta y hasta sádica. Más un policial negro, con atisbos esquizofrénicos, que una película de superhéroes. Una cinta para ver otra vez, un blockbuster monumental, una superproducción que, bajo la capa del comic, cruza géneros y redefine muchas cosas.

Me dirán qué tiene que ver esta película aquí, en un blog que se llama Horas de Espanto. Bueno, este Batman, el que viene perfilando Christopher Nolan desde "Batman inicia", efectivamente asusta, da miedo y estremece (y no sólo porque el coprotagonista está muerto, lo que sin duda pone la piel de gallina).




Ya lo había hecho el director de "Memento" en la primera cinta que dirigió, con un Christian Bale que daba escalofríos sobrevolando Ciudad Gótica mientras reinaba, literalmente, el miedo y lo volvió hacer, pero cruzando nuevos límites que dejan a todas las demás películas inspiradas en comics (salvo el Hulk de Ang Lee) convertidas en un espectáculo de matiné, de hombrecitos con superpoderes enfundados en exóticos y colorinches calzoncillos (como dice Hancock, en lo mejor de esa cinta, "maricón de verde", "maricón de azul").

Este nuevo Batman es de verdad, deja de lado el oscurantismo gótico de Burton y la colorinche parafernalia gay de Schumacher por un realismo crudo. Una vez más Nolan cruza barreras y redefine las posibilidades del cine, demostrando que las películas inspiradas en comic son más que un espectáculo de niños. De hecho, dudaría mucho en llevar a un hijo o sobrino (no me gustaría sentirme culpable de sus pesadillas).

Y lo hace con casi dos horas y media de metraje, con un espectáculo que pinta para agotador pero que no lo es. Eso a pesar que parece terminar unas tres veces, pero el director se las arregla para enganchar al público otra vez y volver a empezar.

"Batman inicia" me gustó, en realidad me encantó. Que me perdone Tim Burton, ya que creo que superó a sus dos encapotados. Pero "Dark Knight" es otra cosa, aunque no sé si superior a la cinta anterior (y ojo que soy un fans confeso del encapotado negro, de esos que se han preocupado de ver absolutamente todos, desde lo primeros seriales hasta esa aventura animada que lo tiene junto a Scooby Doo... que miedo).



La película tiene un comienzo de filme policial, a lo más "Fuego contra fuego", con asalto a banco y pistoleros incluidos. Hasta que aparece Ledger y la piel se pone de gallina: ahí está el jovencito de las calcetineras confirmando que era un grande, capaz, incluso, de eclipsar al mismísimo Jack Nicholson. Su joker no actúa por venganza (como su colega), sino porque realmente ama el caos y la anarquía, disfruta haciendo daño y matando. Es un síntoma de una enfermedad llamada mayor llamada Batman, otro freak que ha decidido llegar a la ciudad.

A partir de ahí todo se empieza a descomponer. La armonía que había supuesto la irrupción de Batman, se triza. Se acaba el espejismo y Ciudad Gótica se descubre tal cual es: una urbe corrompida, un lugar dominado por el miedo y el egoísmo, donde se sobrevive a duras penas, y donde los héroes están a un paso de convertirse en villanos. Si no pregúntenle a Aaron Eckhart, actor que de un plumazo deja en el olvido al Harvey Dent desfigurado de Tommy Lee Jones.

Pero no cuento más, porque hay que verla. Es obligatorio.